Relato: Charles Bronson era un cabrón (Finalista Semana Negra)

-Y yo te digo que no, que el Charlbronson se los cepilla a todos –dice el Séneca sin levantar la mirada del vaso, algo cansado ya de la discusión-. ¡Pero si no hay más que ver la pinta de los demás! ¡Maricones todos!

-Sí, claro. El Chucknorris, maricón, ¡no te digo éste!

El Séneca lanza una mirada al Largo pero se lo piensa antes de hablar.

-Ni el moreno ese de la coleta tampoco –dice el Chispas.

-El Stivensigal –apunta el Largo-. Pues anda que no le da caña ése a los colgaos y a los manguis. Lo que le pasa a ése es que se ha puesto tan gordo que parece el Elvispresli antes de morirse.

-Pues los dos son unos maricones –dice el Séneca-. ¡Si no hay más que verlos! Están tan operados y maquillados que parecen la Sarita Montiel. A ver quién puede decir lo mismo del Charlbronson. Ése sí que era un tío como los de antes. ¡Pero vosotros que vais a saber! Por no saber, ni sabéis que Elvis sigue vivo.

Todos los sentados a la barra del Bar Folsom, incluso los que no están en la conversación, jalean aquel comentario. Hasta yo mismo lo hago, como puedo, mientras estoy cambiando el barril de cerveza.

-¡Que sí, que sí! –dice el Séneca- Y eso está en los papeles, que la CIA tiene documentos, que yo no me invento nada. Lo que pasa, es que para hablar hay que saber, y para saber, estudiar. Y como aquí no leéis ni la pizarra de las tapas…

-Es que no hay pizarra ni tapas –le digo abriendo el tirador.

-Ya, bueno, eso tendrás que explicarlo algún día. ¿Dónde se ha visto un bar sin tapas?

-Es que éste es un bar sofisticado, Séneca –le dice el Largo al tiempo que le planta una mano en el hombro.

-Ya, ¡un bar de maricones!

Rompemos a reír. Me adelanto al Chispas y empiezo a preparar una nueva ronda para todos. Él me guiña un ojo y se vuelve hacia el chaval que lo acompaña.

-Es que el Séneca trabajó para la CIA –le cuenta.

-Sí, el 007 de Alcosa, ¡no te jode! –se cachondea el Largo.

-Pues sí, señor, para la CIA, antes de que vosotros hubierais nacido. ¡Qué coño vais a saber! –el Séneca se inclina en la barra para poder mirar al chaval-. Es que aquí, en Sevilla, los americanos tenían una base, donde el barrio pijo ese.

-En Santa Clara –dice el Chispas.

-Eso es, en Santa Clara. Era la base que coordinaba Morón y Rota. Era la madre del cordero. Ahí es donde planeaban todas sus operaciones en Europa. Y a mí me tenían de enlace local.

-¡Pero qué te has fumado, viejo! –dice el Chispas.

-Os daría más detalles, pero es alto secreto –vuelve a inclinarse hacia delante-. La madre del cordero, chico, lo que yo te diga.

-Anda, Séneca, echa un trago –le digo poniéndole su whisky con Sevenap por delante.

Todos le dan un tiento a sus copas y yo me sirvo un tirito de José Cuervo.

-Pues por mucho de la CIA que fueras –comenta el Largo-, de tíos duros no sabes un carajo, Séneca. El Chucknorris da unas patadas voladoras que te cagas. Con uno como él que hubiera en Sevilla, nos quedábamos todos sin manduca. Al Charlbronson le quitas la pistola ¿y qué hace?

-¿Que qué hace? Pues arrear unas mascás que te dejan seco. Tanta patadita ni tanto chino muerto.

-Dile tú eso al Stivensigal –bromea el Chispas-. Él sólo se carga a la banda de narcos que pille por delante a base de romper brazos y piernas. ¡Qué tío!

-¡Bah! Antes me quedo con el Harryelsucio –dice el viejo-, lo que pasa es que ése tira de gatillo enseguida.

-Joder, y menudos bujeros que le hace al personal.

-Agujeros, Chispas –digo.

-¿Qué?

-Que no seas bestia –interviene el Largo-. Que el Harryelsucio, por mucho pistolón que tenga, hace agujeros, no bujeros.

-¡Qué coño! –sonríe el Chispas- Háblale del María Moliner al muerto, ¡no te jode!

Vuelven a beber a la vez, como si tuvieran la coreografía preparada. Por la cara que ponen creo que cada uno está visualizando a esos pavos de los que han estado hablando, viéndolos repartir estopa a unos y otros.

-Pues a mí el Stivensigal me da mal rollo –dice el chaval rompiendo un breve silencio. Suena de fondo una de Sabina.

-¿Veis? –dice el Séneca- El muchacho es listo.

-No, es porque me recuerda a uno de los guardias que había en el correccional. El cabrón, como le dieras excusas, te daba de hostias hasta dejarte subnormal. El mamón sabía cómo hacerlas pasar putas y salir limpio.

-Si yo te contara, chaval –dice el Largo-. Hijoputas de ésos hay en todos sitios.

-Largo, ¿te acuerdas del Cafrune? –pregunta el Chispas. Lo hace con una sonrisa, pero su expresión se ensombrece al instante-. Ése sí que era un cabrón.

-El Cafrune era uno de los celadores de San Juan del Puerto, cuando estuvimos el Chispa y yo en el 84. Llevaba allí no sé cuánto tiempo, y como tenía una barba de la leche lo apodaban como al cantante argentino ése. Pero aquello era en los setenta. Cuando estuvimos nosotros, que era cuando estaba de moda el Chucknorris, coincidió cuando el Cafrune se recortó la barba y empezó a repartir hule de verdad. Hijo de la gran puta, ¡cómo zurraba!

-Sí, he oído hablar de ese elemento –dice el Séneca.

-Yo también –digo mientras seco unos vasos-. Contaban que se cargó a uno.

-¿A uno? ¡A saber a cuántos! –dice el Chispas- Siempre eran accidentes, claro.

-Es que no hay sitio más inseguro que una cárcel, ya sabéis –suelta el Séneca con una mueca.

-¡Nos ha jodido! Día sí y día también –prosigue el Largo-. Y el Cafrune siempre estaba cerca de esos accidentes. Ahora que lo pienso, era clavado al Chucknorris, el tío, es verdad. En la barba y en las palizas. Le tenían miedo hasta sus propios compañeros, por eso no había quien lo largara. Imaginaos, un veterano de cuando Franco. ¡Coño, pues igual que Fraga, que no se quería retirar!

Todos reímos, el que más el Séneca, aunque es el primero al que se le amarga el gesto.

-En aquella época sí que nos caían hostias a los que estábamos en el talego –dice-. Me río yo de lo que habéis pasado vosotros. A mí me enchironaron la primera vez en el sesenta y cuatro, era un crío. Me he recorrido lo mejorcito de España, y puedo deciros que no hay una prisión sin su hijo de la gran puta.

-¿Dónde estaba aquél tío? –pregunta el Chispa.

-¿Cuál?

-¡Sí, hombre! ¡Aquél! Del que nos has hablado tanto. El que tiraba a los presos desde la galería superior.

-¡No jodas! –exclama el chaval.

-¡Sí, sí, hijo! Como lo oyes –dice el Séneca-. Los llevaba arriba cuando los demás estaban en el patio y los dejaba caer, así, a pelo, varias plantas. Unos pasaban meses en el hospital, otros quedaban lisiados. Y algunos morían, claro. Eso ocurría cuando no acatabas su primer aviso. Para empezar, cuando te pasabas de listo, te daba a base de bien. Además, sin toallas húmedas ni porras ni guías de teléfono. A mí me tocó en el 73, y ojalá me hubiese endiñao con una tubería. Pero no, el tío te pegaba a puño limpio, y no quieras saber qué puños tenía. Imagínate, lo llamábamos Urtain, porque decían que había sido boxeador antes de meterse a pasma. Porque éste no era de los celadores. No, éste era pasma. Con decirte que lo metieron en prisiones porque decían que era demasiado duro para la Político-Social.

-El chaval no sabe lo que es eso –dice el Chispas.

-En los tiempos de Franco estaba la policía normal, como la de ahora, y la que era más cabrona todavía.

-¡Joder! –se le escapa al muchacho.

-Así era, sí. Y de esa otra era este tío.

El Séneca se apoya en la barra con ambos brazos y pierde su mirada entre las botellas que tengo a mi espalda. Miro sus ojos y me doy cuenta de que está viajando a un pasado poco agradable de visitar.

-Aquel mamón hizo mucho daño. Se llevó por delante a un par de buenos amigos, y dejó marcados a tíos que valían cien veces más que él.

-Bueno, Séneca, coño –le digo al ver que el viejo empieza a ponerse sentimental-. No vaya a darte ahora la pena, ¿no?

-No, hombre. El pasado, pasado está, y allí se queden los que se fueron. Pon otra ronda por aquí, anda, invito yo.

-Eso está hecho.

-Gracias, Séneca –dice el Largo dándole un manotazo en la espalda.

-¡Qué grande eres! –lo jalea el Chispas.

Pero el viejo sigue sumido en los recuerdos. Y así sigue por un rato, hasta que pongo las bebidas.

-¿Sabéis una cosa? –dice antes de dar un trago-. Que al pensar en él, me doy cuenta de que el Urtain se parecía un huevo al Charlbronson. Pegaba las mismas mascás el hijoputa, y hasta tenía ese bigote, como el de un picoleto, bajo el hocico roto de boxeador.

-Pues menudo hijoputa –dice el chaval desde el extremo en el que está.

Volvemos a tirar de coreografía y bebemos a la vez. Esta vez yo también me apunto. Se impone de nuevo el silencio por un instante. Sabina le canta a la más señora de todas las putas, que es también la más puta de todas las señoras.

-¿Sabéis lo que os digo? -dice el Séneca sin desviar la mirada del pasado- Que el Charlbronson y esos dos que os gustan, todos unos cabrones.

Cuento elegido entre los tres finalista del Concurso Internacional de Relatos Policíacos, convocado por la Semana Negra de Gijón en colaboración con el Ateneo Obrero de Gijón

NOTA: Con el cariño que le he tenido yo siempre a Charles Bronson, uno de los actores favoritos de mi abuelo, y vociferar ahora de manera tan poco respetuosa su nombre. Desde luego, no hay que fiarse de los escritoruchos…

One Response to “Relato: Charles Bronson era un cabrón (Finalista Semana Negra)”

  1. Soy Ficción Says:

    Me ha gustado mucho.

    Les dejo este estreno a esta gente, que se van a jartar de ver mascas y tipos duros:
    http://www.elseptimoarte.net/peliculas/the-expendables-2535.html

    :P

Leave a Reply