SNG, día 1 (viernes). Inauguraciones a granel

Sábado por la mañana. Anoche, al final, no llegué con ganas ni disposición de teclear demasiado. Fue un día intenso, agotador por momentos, pero muy interesante. Esto promete. Los veteranos no mienten, el ambiente que se crea es fantástico, con una gran camaradería y mucho sentido del humor.

Fueron diez horas de viaje, algo más tal vez, al compás del chacachá, que dirían los chavales de El Consorcio. Una paliza. Durante el trayecto hubo ocasión para todo, incluida crónica rosa. Eran tres vagones más la máquina, que tenía pinta de ser uno de los primeros modelos que se presentó para sustituir a los tradicionales de vapor. El coche central, la cafetería, hizo las veces de sala de fumadores y de prensa, donde se desarrollaron diversos actos para la veintena de periodista que iba a bordo. También sirvió para separar de manera espontánea los dos grandes grupos estilísticos de autores, negros y fantásticos, pues como es bien sabido, Borges los cría y ellos se juntan.

Tan largo viaje es una forma bastante efectiva de obligar a confraternizar a los invitados. Tras tantas horas allí metido acabas, por narices, saludando, debatiendo y bromeando con más de la mitad del pasaje. Oye, que no está mal pensado. Así llegamos a Gijón con otro espíritu, dispuestos ya para la lucha, sin recelos ni inseguridades. Además, en esta edición somos muchos los novatos, con lo que los veteranos no han tenido más remedio que esmerarse para ponernos al día, guiarnos y aconsejarnos.

Al viaje no le faltó su alto para almorzar. Lo hicimos en Mieres, donde saben cómo hacer que cuatro escritores (quien dice cuatro dice cien) se sientan importantes, recibiéndonos las fuerzas vivas al compás que marcaba un esmerado gaitero. Nos fueron abriendo camino, parando el tráfico aquí y allá, hasta llegar a la nave donde estaba preparada la manduca, a base de canapés tan variados como sabrosos. La nota negra, oscurísima, fue la rápida desaparición de todas las cervezas. O había pocas o alguno bebió por varios… Menos mal que la sidra tiene su aquel.

Y por el camino de Mieres, que cantaba Víctor Manuel, llegamos a Gijón a media tarde, donde fuimos recibidos por las autoridades de ciudad y Principado entre pitos (los de una concentración obrera en contra del cierre de la fábrica de Chupa Chups) y flautas (las de la Banda Municipal). ¡Y qué bueno llegar al hotel! ¡Qué ducha! Placer máximo que se vio completado poco después cuando, en un nuevo acto oficial -¡pero cuántas inauguraciones tiene esta semana de diez días!-, empezaron a pasar de mano en mano tercios helados de Mahon fivestar que ni el Maná recibido por el pueblo de Israel. Por su parte, el perpetrador de todo este baile, Paco Ignacio Taibo II, paseando entre unos grupos y otros, no dejaba de repetir aquello de “Dosifíquense, cuidado, esto no es una carrera de cien metros, sino el maratón”… Voz de la experiencia.

Así llegamos por fin, entrada la noche, al recinto de la Semana Negra, que ríete tú de las ferias y verbenas de la mitad de este país. Realmente el evento literario no es más que el corazón y motor de una gran fiesta –noria incluida- de la que disfrutan todos los asturianos y miles de visitantes. Tenderetes de todo tipo y productos se reparten alrededor de las carpas en las que se desarrollan los actos. Nada más acceder a la zona ya empezó a recorrerme el cuello ese bien llamado repeluco del barbero, al ver tantos y tan variopintos puestos de libros a uno, tres, cinco euros… Libros nuevos, colecciones y, sobre todo, esos maravillosos libros de saldo y viejo, entre los que siempre se encuentran pequeñas joyas y maravillosas frikadas. Al final acabaré viéndome obligado a comprar una bolsa extra para todos los libros que volverán conmigo. Como si no me conociera. Son tantos años conviviendo juntos…

Tengo eso casi tan claro como anoche sabía que se iba a liar en la carpa principal, presidida por una larga y concurrida barra de bar, cuando un cantautor que nos había acompañado durante el viaje empezó a atacar por Sabina en su versión más rumbera, intercalando piezas de Kiko Veneno, Raimundo Amador y ese Peret con su ‘Muerto vivo’. Total, que al final al que suscribe le pudo la fuerza de la sangre –que escribiría Lafuente Estefanía- y acabé sumándome a algunas acompañantes para hacer nuestra la zona de baile con una descompensada pero más que gratificante rumba al son de ’19 días y 500 noches’. Hay vídeo que habrá que localizar y neutralizar.

De regreso al hotel, cena en la terraza, copa y a dormir. Durante este episodio final de la jornada tuve ocasión de conocer al que será el presentador de mi libro, Miguel Cane, el sobrino de Michael Caine –según bromeó el propio actor británico tras un encuentro que tuvieron-, un hombre maravillosamente peculiar, notable escritor y sobre todo gran cinéfilo, que me regaló el placer de una fascinante charlar sobre las obras cumbres de Mike Nichols: ‘El graduado’ y ‘¿Quién teme a Virginia Woolf?’

Eso dio de sí el primer día de Semana Negra. Y eso que no he entrado con detalle en lo mejor de todo, que fue el conocer a tanta gente, a unos de manera más casual, a otros más estrecha. Para alguien al que le cuesta semanas retener el nombre de una persona, lo de estos días será horrible. Menos mal que vamos con el cartelito de marras colgando, precisamente para solventar este problema. Si es que están en todo.

Publico y me voy a buscar un café. Me acosté alrededor de las tres y a eso de las ocho ya tenía los ojos como platos. Debí traerme las instrucciones del reloj biológico, que a veces me da estos fallos.

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