Sobre la gala de los Oscar (casi tan insulsa como Avatar)
Los responsables de la gala aseguraron la jornada previa que “llovería humor”, pero la ceremonia resultó larga, sin ritmo y extremadamente fría. El cómico Ben Stiller, disfrazado como uno de los Na’vi, los alienígenas de Avatar, arrancó el mayor número de carcajadas en un acto en el que éstas, como las lágrimas, brillaron por su ausencia. Ni siquiera la supuesta química entre los presentadores, Steve Martin y Alec Baldwin, compañeros de reparto en la comedia No es tan fácil, logró imprimir algo de encanto a lo que sucedió la madrugada del lunes en el teatro Kodak.
Todo era previsible, empezando por el aburrimiento al que conducen las estrictas normas que imponen los organizadores. ¿Cómo se pueden poner tantas trabas y condiciones a alguien que va a recibir un premio? El resultado es que los galardonados suben al escenario casi como críos reclamados ante la pizarra por el profesor. Basta echar un vistazo a galas de hace diez, veinte o treinta años para comprobar que el asunto podría saldarse de manera muy diferente.
El enfrentamiento entre Avatar y En tierra hostil como cintas favoritas parecía, por otro lado, tener poco de auténtico desafío. Tras arrasar en los premios más de una década atrás, era difícil que James Cameron convenciese a los académicos con una película como la que traía este año. Que los profesionales del cine colmasen de oscars ese producto habría sido como que los principales editores literarios defendiesen la necesidad de imponer cuanto antes el libro digital. Después de todo, Avatar es una obra tan cinematográfica como la última entrega de alguna popular saga de vídeojuegos; todo en ella está más que visto, desde la manida historia a los diálogos absurdos, los personajes de cartón piedra o esa supuesta maravilla visual que permite el revolucionario rodaje en tres dimensiones, maravilla que Orson Welles y Greg Toland ya llevaron a su máxima expresión setenta años atrás y que se llama profundidad de campo.
Claro que el contrario tampoco es que fuese Muhammad Alí en su mejor época. Con su aire desmitificador y antibelicista, Kathryn Bigelow se la ha colado al público supuestamente más intelectual y comprometido con una película, En tierra hostil, en la que los soldados estadounidenses destinados en Irak se mueven con más soltura que los mozalbetes del Séptimo de Caballería en cualquiera de aquellas cintas de la trilogía militarista de John Ford. Se saltan los protocolos en los operativos como si nada, entran y salen de la base como Pedro por su casa, y pasan como de la lluvia de sus compañeros cuando a alguno le da por intentar poner orden. Total, si después llegan los superiores y en lugar de meterles un paquete les dan la enhorabuena con cara de bobos… Y es que, si Avatar resulta simplona hasta el insulto, En tierra hostil se queda más bien cortita a la hora de hacer ver al espectador quiénes son esos soldados, dónde están y por qué razón. Que se mueven por Irak queda más o menos claro, pero no concuerda demasiado la época en la que dicen estar con la realidad que refleja la cinta. No es de extrañar por tanto que muchos militares se hayan quejado del trabajo de la Bigelow. Seis premios para una cinta con tantas inexactitudes técnicas e históricas parece excesivo.
Aunque puestos a elegir, desde luego, mucho mejor premiar el trabajo de la ex de Cameron que el del que fuera su esposo, aunque resulta desconcertante que precisamente este año hayan ampliado a diez las obras candidatas a mejor película y haya quedado todo en ese anunciado mano a mano, concurriendo como lo hacían trabajos de mucho mayor interés y calidad en todos los sentidos, como Malditos bastardos, Precious o Up in the Air.
Tal vez por eso la mayor ovación de la noche fue para respaldar una de las estatuillas más justas, la que se llevó a casa el veterano Jeff Bridges por su papel de cantante country alcohólico en Corazón rebelde. Hora era ya de que sus colegas de profesión reconocieran el gran talento de este actor, uno de los mejores de su generación, al que siempre le ha ocurrido como a otros grandes: sus trabajos suelen ser tan buenos que la gente ni se da cuenta. Es como aquella historia de los monos de 2001. Una odisea del espacio, que los académicos pensaban que eran simios auténticos y por eso no es que no le dieran el Oscar al mejor maquillaje, es que ni siquiera la nominaron. (Claro que ya se sabe cómo son estos académicos: este año, sin ir más lejos, han nominado a —la excelente— Il divo al mejor maquillaje pero ignoraron en este apartado nada menos que Avatar. Igual pensaron que todos los bichos azules estaban generados por ordenador, y seguro que no, que alguno habría que fuera un actor de carne y hueso maquillado.)
Volviendo a Bridges, su padre, Lloyd Bridges, aquel rubiales que dejaba a Gary Cooper más Sólo ante el peligro que ningún otro vecino del pueblo, lo pasó muy mal tras ser condenado por el MacCarthismo, y cuando logró salir del pozo de la serie B, quedó encasillado para siempre como secundario de comedias. Tal vez por eso, Bridges ha sabido fajarse bien, como aquel joven boxeador que interpretara a las órdenes de John Huston, y se ha movido con soltura por géneros que van de la comedia al drama, y del musical al thriller. Para los adolescentes de los setenta será siempre aquel muchacho atrapado en un pueblo del medio oeste que sufría un gatillazo con Cybill Shepherd en La última película, maravilla de Peter Bogdanovich. Casi treinta años después, los hermanos Cohen lo reciclaron como nuevo icono generacional para los hijos de aquéllos en el papel protagonista de El gran Lebowski.
Que su personaje de Bad Blake en Corazón rebelde no sea nada original no es impedimento para que su interpretación sí resulte notable; después de todo, qué sería de Hollywood sin esos legendarios perdedores que pululan de vez en cuando por la gran pantalla destilando esencia cinematográfica. Al fin y al cabo, quedan ya pocas cosas originales por contar. La diferencia está en hacerlo con talento y sensibilidad o redundando en lo mismo sin mayor gracia.
Pero si el reconocimiento a Bridges fue aceptado sin debate, el Oscar que sí ha despertado algunos recelos ha sido el recogido por Sandra Bullock. Después de todo, como alguien ha escrito, “¿redime una película buena de veinte comedias románticas infumables?”. En esto de los Oscars deberían poner una especie de control para que no se den situaciones como las de Eddie Murphy, para quien muchos clamaban por el reconocimiento tras su papel en Dreamgirl, y una vez obtenido, no ha hecho el menor esfuerzo por mantener el nivel, lanzándose de nuevo a protagonizar comedias insustanciales hechas a medida, tan flojas, que algunas ni siquiera han llegado a las pantallas europeas. Así que si la Bullock recibe los honores por su papel en The Blind Side, tal vez debería aplicarse un poco para intentar no perpetrar cintas como Loca obsesión, por la que días antes de agarrar el Oscar, recibía el Razzie a la peor actriz del pasado año.
Una pena que Javier Recio regresara sin su trofeo por La dama y la muerte, aunque aquella lágrima se enjugaba con el triunfo de Campanella y su magnífica El secreto de sus ojos, que lograba ganar así una batalla que algunos creían imposible frente a La cinta blanca, de Michael Haneke, mucho más artificial y gélida que la maravilla de factura argentina. La entrega de este Oscar propició un encuentro de lo más peculiar, cuando Pedro Almodóvar y Quentin Tarantino se encontraron en el escenario para leer el nombre del ganador. Los dos bromearon sobre el respeto mutuo que se profesaban, y más de uno debió sonreír con delicia al imaginar cómo sería una película rodada mano a mano por ambos genios.
Y como no hay gala de los oscars sin su polémica, la de este año ha estado protagonizada por el inexplicable desplante a uno de los rostros —y cuerpos— más populares de la televisión de los años setenta, Farrah Fawcett. La que fuera el más esplendoroso ángel de Charlie, falleció de cáncer en 2009. Sin embargo, en el montaje habitual con el que la Academia recuerda a los compañeros desaparecidos, la actriz no encontró hueco. La excusa ofrecida por uno de los portavoces de la institución —“Todos los años ocurre esta desafortunada realidad de no poder incluir a todo el mundo”— pierde fuerza al pensar que sí tuvieron cabida profesionales mucho menos conocidos (desde actores de serie B a guionistas italianos de los años sesenta o algún productor británico) o personajes tan ajenos al mundo del cine como Michael Jackson.
En el apartado musical, Up y Corazón rebelde se alzaban con los premios a la mejor banda sonora y mejor canción respectivamente, destacando ese brillante tema compuesto por Ryan Bingham, ‘The Weary Kind’, para redimir al personaje de Jeff Bridges. Para la cinta de la factoría Pixar/Disney iba también la estatuilla a mejor película de animación, aunque los especialistas en la materia no parecían a priori demasiado entusiastas con esta nueva obra, a la que tildaban de volver a ser más de lo mismo.
En definitiva, unos premios decepcionantes en su entrega casi tanto como en las obras escogidas. Pero es más preocupante el primer que el segundo aspecto. Los académicos tienen sus años buenos y sus años más flojos, en los que parece que les da pereza esforzarse para rebuscar entre el material disponible. Sin embargo, si los directivos televisivos siguen encorsetando tanto la gala de entrega, restándole de tal matera el calor humano, habrá que acabar hablando de “la gestión de entrega del Oscar”, más que de la fiesta o ceremonia.












March 9th, 2010 at 21:36
Es verdad. Vi la gala en directo a través de Canal + y entre los fallecidos no vi a Farrah Fawcett.
Quizá por el ostracismo de coincidir la muerte con Michael Jackson, pero no es excusa para no haber puesto a esta actriz que hizo tantas películas y que nos dejó con el recuerdo de la serie “Los Ángeles de Charlie”.
March 9th, 2010 at 21:49
Espléndida crónica, amigo. Yo hace unos años que desconecté ya de este tipo de ceremonias (me limito a escuchar los resultados en el telediario del día después), pero por lo que cuentas veo que sigue en su dinámica descendente hacia el más absoluto aburrimiento. Lástima…
Un abrazo, Javi.
PD: Pues sí que es curiosa la foto de Almodóvar y Tarantino…
March 10th, 2010 at 16:16
No pude ver la ceremonia, aunque por lo que cuentas tampoco me perdí gran cosa. Ni siquiera me sorprende que haya ganado la película de Bigelow sobre la de Cameron, según lo que se decía por el mundillo cinéfilo semanas antes, aparte de que me gustó muchísimo más (hombre, no sé si para ganar 6 oscars, pero es que ya en estos premios o se da la circunstancia que ganas 1 o ninguno o, por el contrario, los ganas todos).
No estoy de acuerdo (es raro, jeje) en el comentario acerca del oscar a Sandra Bullock o aquella nominación a Eddie Murphy. Entiendo que pueda parecer injusto, pero el premio es a una interpretación concreta. Para lo otro está el premio a toda una carrera. A mí no me gusta nada Nicolas Cage, pero el año de “Leaving Las Vegas” estaba impresionante. Otra cosa es que esa interpretación de Sandra Bullock merezca un oscar (para mí, la verdad es que no, es una película de lo más normalito).
Finalmente, te recomiendo que veas la peli francesa nominada “Un profeta”. A mí me parece de lo mejor que he visto en mucho tiempo.
Un abrazo, amigo
March 11th, 2010 at 11:32
Que no, que no, amigo Agustín, que seguimos coincidiendo… jeje
Mi comentario tal vez ha sonado al contrario de como quería. Yo me alegré mucho por el Oscar a Eddie Murphy. Precisamente lo que me da rabia es que el tipo sea capaz de hacer un trabajo tan bueno y se empeñe sin embargo en seguir haciendo castañas. Por otro lado, esa pregunta -“¿redime una película buena de veinte comedias románticas infumables?”- no es en absoluto retórica por mi parte (aunque creo que sí por parte de la periodista que la formuló).
Yo creo que un actor chufla que hace un buen papel puede perfectamente ser premiado, claro que sí… Como dices, se reconoce la actuación concreta. Para las carreras completas ya están los Oscars honoríficos…