El gran valor de aquellos discos baratos

En más de una ocasión algún amigo me ha preguntado que dónde había conocido yo a tal cantante o cómo me había dado por escuchar a tal otro. Está claro que el único sitio que no me ha inspirado nunca ha sido la radio. Siendo mi medio favorito para desarrollar mi profesión periodística, no me gusta nada para escuchar música. Ni los programas especializados ni mucho menos la radiofórmula. Sí, ya sé que es de pejigueras, pero es que no me gusta que nadie escoja por mí. Hago una excepción con un par de programa de jazz de Radio 3 y Canal Sur Radio, que me encantaban y con los que aprendí bastante.

Por lo demás, junto a consejos y recomendaciones de buenos amigos y familiares, creo que uno de los medios favoritos para descubrir gente eran los discos de saldo de los grandes almacenes. Hablo de ello en pasado, porque ya es difícil que alguno me sorprenda. Me refiero a una época especial, ésa en la que descubrimos tantas cosas, y la sensación es maravillosa. Hablo de cuando rondaba los quince años, y mi pasión incontrolable por el cine comenzaba a dejar hueco a una incipiente melomanía.

En aquellos días -dijo el abuelo Cebolleta- sabía bastante poco sobre música y tenía aún menos dinero en el bolsillo, así que la mejor opción eran los The best of…, que es el tipo de disco que suelen abundar en los cajones de saldos y rebajas, editados además por unos sellos que vete tú ahora a buscarlos. Lo mejor de tal artista, lo mejor de tal género, lo mejor de tal época. Pero el placer no estaba en comprar un disco, escucharlo y pasar a otro. Lo que me fascinaba era descubrir a los artistas en cuestión. Recuerdo por ejemplo varias compilaciones de country y jazz, y alguna también de cantautores, con mucha morralla pero también algunas joyas ocultas.

Con ellos en las manos, y los dedos negros de buscar entre discos que poca gente revolvía, me iba a casa y me ponía a buscar esos nombres en robustos librotes tipo La enciclopedia del jazz, Grandes del blues, y títulos similares. Si escuchaba el disco en cuestión y el cantante me convencía, me iba al tochaco y trataba de encontrar algo de información sobre él. Y lo mejor era cuando éste artista te llevaba a otro, y éste a otro…

A veces había bastantes datos, una larga biografía y una discografía seleccionada, porque resultaba que el sujeto en cuestión, un tal Dizzy Gillespie, o George Jones, o Johnny Cash, o Jonny Hodges, era un fenómeno en su materia. Pero otras me llevaba un chasco al comprobar que no había nada que rascar.

Los más frustrantes eran algunos conciertos de big bands de jazz a base de solistas estrella, muchos de ellos no lo suficientemente brillantes como aparecer en mis selectivos libros de consulta. ¡Vaya por Dios! Por suerte, con el paso de los años, he podido ir conociendo más sobre esos músicos, que me siguen haciendo disfrutar con otras muchas grabaciones.

Todo esto puede sonar bastante antediluviano, eso de buscar recopilatorios variados para conocer gente y buscar información sobre ellos en los libros, pero hablamos del año 1993 ó 94, cuando sólo en algún número perdido de la revista Muy Interesante se hablaba de internet, o presumía de ello algún amigo enterao del barrio.

Pues oye, como todo, tiene su encanto. También es más cómodo y rápido viajar en coche que en caballo, digo yo, pero lo de la jaca, dicen los que aún lo practican, tiene su punto. Será que, como siempre me han gustado los westerns, pues quedaría en mí la semilla de lo del self-made man, y por eso me ha gustado desde siempre eso de ir buscando información sobre tal o cual artista y poder así profundizar sobre su obra.

Y la verdad es que en aquellos cajones repletos de discos a trescientas, quinientas y mil pesetas, encontrabas algunas rarezas bastante curiosonas. Tenías que rebuscar mucho para dar con ellas, claro.

Yo solía ir con mi compañero de batalla habitual, mi inseparable sargento Flanagan: mi buen amigo Pablo Lozano. El pobre tenía mucha paciencia y no se desesperaba demasiado. Antes, ya nos habíamos dado nuestro garbeo por la zona de películas para pillar juntos algunos vhs haciendo algunas combinaciones en épocas de rebajas que ríete tú de las operaciones de bolsa; unos maestros estábamos hechos para amortizar las pelas y llevarnos la mayor cantidad posible de cine. Lo de la música, sin embargo, le iba menos. Él era más de radio.

Pero ahí estaba, aguantando el tipo junto al pesado de su amigo en busca de algo que valiese la pena. Recuerdo que los mejores eran los directos piratas que movía un sello italiano -cachis, no me acuerdo del nombre-, que literalmente plantaba un sello tipo tampón en la contra del cd. De esa casa conseguí varios conciertos de jazz absolutamente fascinantes, así como la actuación completa de Simon & Garfunkel en el Festival de Monterrey (aunque esto fue algunos años después), con el que casi hice palmas con las orejas. De este sello fue también el primer disco que compré del Rat Pack, un peculiar trío del que conocía a Frank Sinatra y al compañero de pantalla de Jerry Lewis, un tal Dean Martin. Al llegar a casa, mi padre me dijo que el tal Martin era un borrachín de tomo y lomo, pero que el tercero, un negro llamado Sammy Davis Jr, cantaba de categoría. Pues estupenda compra. ¿Qué sería lo que me llevó a comprar aquel disco donde aparecían tres viejetes vistiendo esmoquin? Imposible imaginar que doce o trece años después acabaría escribiendo un libro sobre ellos.

Hoy, con las regulaciones imperantes desde hace años –hay que recordar que en 1993, los casetes y vinilos aún le mantenían la batalla al cd-, ya es bastante complicado encontrar cds de sellos fantasmas con material que te sorprenda. De hecho, también aquellas compilaciones me enseñaron a comprar, a saber a qué detalles e información debía atender para no llevarme una desilusión al escuchar el disco y encontrarme con lo que ya tengo, con un falso directo o cosas así.

¿A cuento de qué toda esta perorata? Pues no sé. Venía de camino al trabajo escuchando uno de aquellos discos. Éste, de hecho, no era nada chusquero. Era una producción de la MCA editada en 1994 y que en España pasó con más pena que gloria, por lo que acabó relegado a los saldos rápidamente. Ellos se lo pierden, porque es una verdadera maravilla. Rhythm, Country & Blues, se llama este disco, producido por Don Was, y que ofrece duetos mágicos entre grandes voces de ambos géneros, como Vince Gill y Gladys Knight, Al Green y Lyle Lovett, Little Richard y Tanya Tucker, Sam Moore y Conway Twitty, o George Jones junto a B.B. King. Una gozada, de verdad.

Lo de los vinilos y la búsqueda exhaustiva de directos pirata vendría luego, una vez descubierto el placer de la “caza”, de buscar y rebuscar entre cientos de elepés para dar con alguna maravilla -coleccionista o sentimental- y llevártela a casa para limpiarla, y escucharla como si fuera el canto de un ángel.

Algún día le dedicaré unas líneas a esas ferias de coleccionismo y discos de segunda mano, donde conocí a buenos amigos, descubrí a músicos sin los que ya no podría pasar y donde Sempi me hizo el regalo de cumpleaños que más me ha sorprendido en mis 31 tacos.

Y no, no fue allí donde me dijo “sí”.

Tema final del citado disco, Rhythm, Country & Blues, a cargo de George Jones y B.B. King: ‘Patches’.

2 Responses to “El gran valor de aquellos discos baratos”

  1. Carlos Says:

    Todavía me acuerdo cuando acudía a la Feria del Disco y Cine en el antiguo Casino de la Exposición (frente al parque de María Luisa), y mis amigos iban a rastrear los discos, y yo los carteles de cine, que por aquel entonces hablaba en la radio sobre el séptimo arte, y necesitaba más información sobre películas clásicas.

    También caía algún disco (el último que compré en esta Feria fue los Kraftwerk e incluí una sintonía en mi programa de misterio de los sábados).

    La pena es que ya la búsqueda se hace por Internet, y se está perdiendo estos sitios que nos hacen recordar buenos momentos en nuestra vida.

  2. Javier Márquez Sánchez Says:

    Es cierto. Buscar por internet está bien porque se encuentran cosas curiosas, pero no hay que perder la buena costumbre de recorrer las tiendas de toda la vida…

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