Gracias al Cielo… por Gigi
Durante mucho tiempo los musicales no fueron plato de mi gusto. Eso de que alguien fuese andando por la calle y se pusiese a cantar me sonaba a rollífero. Supongo que la cosa cambió cuando yo mismo sentí ganas de agarrarme a las farolas entonando alguna canción de Gerswhin o Porter. Desde entonces he ido disfrutando con muchos musicales, clásicos preferentemente, y debo decir que hay uno por el que siento especial cariño.
Se trata de Gigi, una obra con libreto y canciones de Alan Jay Lerner y música de Frederick Loewe, dirigido por ese genio del cromatismo y la composición visual que fue Vicente Minnelli.
Gigi, lo sé muy bien, no es ni con mucho el mejor musical de la historia. Las suyas no son las mejores canciones, ni gozó del reparto más brillante, el guión más divertido ni la producción más adecuada. Y sin embargo, qué maravillosa película. Y sobre todo, qué fantástica banda sonora. Hay seis canciones de Gigi que suponen para mí, en conjunto, uno de los más divertidos y emocionantes ejemplos de expresión musical cinematográfica. A su efectividad ayudó sin duda el trabajo de los protagonistas, unos correctos Leslie Caron y Louis Jordan, y especialmente un pletórico Maurice Chevalier.
Pero presentemos la historia: París, 1900. Gaston, joven y millonario, se aburre a pesar de ser el soltero más perseguido de toda la ciudad. Gigi es casi una niña y se divierte a todas horas aunque todavía no tenga edad para bailes y amoríos. Pero Gaston es amigo de la familia de Gigi y la visita con frecuencia. La abuela de Gigi ve en el cariño de Gaston una posibilidad y decide que su nieta ya es una mujer y por lo tanto debe empezar a pensar en casarse. Y, si es con Gaston, mejor. Pero Gaston tiene para Gigi planes que no son precisamente de matrimonio, y de ello se alegra su tío Honoré, un auténtico don Juan.
La película se abre con una de esas perlas magníficas que serían del todo impensables hoy día. Recuerdo que vi Gigi por primera vez cuando la pasó José Luis Garci en su programa, en el 96 o el 97. Ya ha llovido. Reconozco que me daba mala espina. Una cosa demasiado cursi, pensé. Pero entonces apareció el logo de la Warner, y la cámara de Minnelli me mostró ese parque lleno de gente feliz, y vi a ese anciano entrañable y apuesto que es Maurice Chevalier, es decir, el tío Honoré, sonriendo de oreja a oreja y observando a las niñas ya creciditas que juegan junto a él. Y de pronto, con esa cara de pillín que Dios le dio, empieza a cantar “Gracias al Cielo por las jovencitas”. En ese momento lo tuve claro. Es posible que Dios no exista hoy (lo que explicaría la programación de los 40 Principales), pero debió existir medio siglo atrás como para inspirar la genialidad de Lener y Loewe, y hacerlos capaces de escribir tal maravilla, por no hablar de la genialidad de Chevalier al interpretarla.
El mundo ha evolucionado tanto, somos hoy tan liberales, tan modernos y tan… tan… que nadie tendría narices de meter hoy una canción tan sutilmente bárbara en una película.
Llegamos así a la otra maravilla de la película, mi favorita junto a la anterior. El tío Honoré se encuentra con una vieja amiga y ambos recuerdan los viejos tiempos. Ya sólo la fotografía, con ese atardecer maravillosamente artificial, hace que se te caigan lágrimas como perneras de pantalón. ¡Viva el cartón piedra, el juego de luces, el fondo pintado! ¡Muerte a los efectos por ordenador, al 3d y a lo milimétricamente perfecto!
A lo que iba, que Honoré se encuentra con Madame Alvarez (sublime Hermione Gingold) y ambos evocan su primera cita. Sin embargo, los recuerdos de él no son del todo exactos, y ella le va corrigiendo y apuntando, y él, apurado, dice “Oh, sí. Lo recuerdo bien”. Pero a ella no le importa, porque los recuerdos son hermosos, y no hay rencor entre ellos, así que es generosa, y consciente de lo qué su antiguo amante necesita, le dice lo guapo y fuerte que era, y cómo soñaba con estar entre sus brazos. Entonces, el viejo tío Honoré suspira, y por primera vez con sinceridad, musita…. “Oh, sí. Lo recuerdo bien”.
Ya sabemos que el tío Honoré sabe disfrutar de los placeres de la vida, por eso no entiende cómo puede ser que su sobrino no sea capaz de encontrarle el encanto a las cosas cotidianas de un París maravilloso. Y se las enumera: las mujeres, la torre Eiffel, el río Sena, el vino, los árboles… “¿De qué color son los arboles?”, pregunta el sobrino. “¡Verdes!”, responde el tío. “¿De qué color eran ayer?”, insiste el joven. “¡Verdes!”, reitera el anciano. “¿Y mañana?” “¡Verdes!” Y esas respuestas no hacen sino confirmar de lo que Gaston piensa de la vida: “¡Es aburrido!”.
Mientras tanto, Gigi está en casa. Anda bastante cansada de tener que aprender a comportarse como una pequeña dama, tal y como quieren sus tías para que pueda pescar a un parisino de postín. Ella quiere disfrutar, hacer locura y ser feliz, y no comprende tantos refinamientos a la hora de andar, de vestir, de hablar y de comer. Así que, cuando se queda sola, se deja caer sobre el sofá, agotada y fastidiada, y se lamenta: “No entiendo a los parisinos”.
Pero entonces, de pronto, la relación entre Gaston y Gigi empieza a afianzarse, y con ello llegan las primeras peleas entre los chicos. Y el viejo conquistador mira la escena y sonríe, y piensa que ya, a su edad, se libra de esos desvelos, y de los los celos, y de las trifulcas de pareja. Y dice para sí “¡Cómo alegro de no ser ya joven nunca más!”. Otro temazo a cargo de Chevalier.
Y llegamos al tema final, ése en el que Lerner y Loewe dieron en el clavo al describir el amor. Se trata de un soliloquio de Gaston relatando cada cosa que no aguanta de Gigi, intercalado por fragmentos de una hermosa melodía sobre la que canta todas las cosas maravillosas que le seducen de la chica. Así que anda de aquí para allá, enojado y haciendo aspavientos, y de pronto se calma, su mirada se escapa y su sonrisa se acentúa.
Porque así es la vida. ¡Y no hay más! Quieres alguien con lo bueno y con lo malo, y un día no puedes vivir sin esa persona y al día siguiente no te deja vivir. El bueno de Minnelli, que era un tipo listo -y por eso les dio a Dean Martin y a Shirley McClain los papeles de sus vidas en Como un torrente-, sabía un rato de estas cosas.
Sabía que la vida no es perfecta, que la felicidad no es permanente, que la gallardía no perdura, que el amor no es inflexible. Y por eso rodó una obra maestra que pasa desapercibida. Como las cosas más hermosas de este mundo, las que valen la pena. Esas cosas que están ahí, a las que nos acostumbramos, y no por eso dejan de ser maravillosas. Como la fan número uno de Jeremy Brett. Como un socarrón viejo verde cantándole a las niñas.
Gracias al Cielo… por el cine.






January 28th, 2010 at 20:40
Todo un clásico que no podemos olvidar además de llevarse 9 oscar de Hollywood.
Muy buen post, ya que el cine nos une a todos.
February 1st, 2010 at 15:54
Javi, emocionado estoy. De pequeño me enamoré perdidamente de Leslie Caron en esta película, y fue con West Side Story, una de las razones de mi amor por los musicales.
La crónica me ha llegado muchísimo, de hecho creo que esta semana toca volver a verla, y en versión original.
February 2nd, 2010 at 15:32
Pues no sabes cómo me alegro de haberte animado. Un fuerte abrazo