Sonrisas amargas en Camelot (Marilyn, los Kennedy y el Rat Pack)

February 8th, 2010

La presidencia de John Fitzgerald Kennedy, del 20 de enero de 1961 al 22 de noviembre de 1963, fue una de las más singulares que ha tenido Estados Unidos. Su mandato fue un claro reflejo de la vida del país. Un marido y padre de familia ideal, apuesto y moderno, con aspecto de estrella de cine, amistades a la altura y un férreo compromiso social con la situación de la población negra. Pero al mismo tiempo, ocultaba una cara menos agradable, marcada por el consumo de alcohol y drogas, y sobre todo, por un insaciable apetito sexual más allá del más mínimo sentimiento hacia sus parejas, incluida su mujer.

Durante el mandato de JFK, la Casa Blanca fue escenario de algunos de los episodios más loables de su historia, tanto en la esfera política político como en la privada, pero también de los más vergonzosos. ¿Alguien se imagina que el presidente del país más poderoso del mundo estudió asesinar a Fidel Castro a través del mafioso Sam Giancana, empleando para intercambiar sus mensajes a una amante que ambos compartían, la joven Judith Campbell?

Kennedy y Sinatra

Sinatra y Kennedy ante la entrada del Hotel Sands, en Las Vegas,donde el cantante organziaba fiestas privadas para el entonces senador.

La prensa se refería a toda la camarilla que rodeaba al presidente Kennedy con el nombre del reino del artúrico, Camelot. Nunca había existido hasta el momento un líder con tanto magnetismo, pero al mismo tiempo, con un lado oculto tan oscuro. Y a su alrededor estaban el hermano justiciero (Robert), el amigo cantante poderoso (Sinatra), el mafioso allegado (Giancana) y la mujer más deseada del país.

El 2 de mayo de 1972 fallecía J. Edgar Hoover, fundador y director de la Oficina Federal de Investigación, el temido FBI. Cuando llegó el momento de vaciar su casa, pocos podrían adivinar que allí encontrarían tantos documentos comprometedores de muchas personalidades objeto de su amplia red de espionaje. Buena parte de aquel material fue requisado y archivado, pero otra parte se perdió, traspapelada entre recuerdos personales. Poco después de esa “limpieza”, un vecino de Hoover encontró junto a la basura una curiosa instantánea, una Polaroid que mostraba al presidente Kennedy y a la actriz Marilyn Monroe compartiendo sonrientes una bañera llena de espuma.

Kennedy y Marilyn

La actriz y el Presidente, en la intimidad.

Esa foto es una de las pocas pruebas que existen de una relación de la que, sin embargo, no cabe duda alguna. El presidente y la estrella, Kennedy y Marilyn. Fue un secreto a gritos que llevó a situación tan incómodas como la ausencia de Jacqueline Kennedy, la primera dama, en la multitudinaria celebración del 45 cumpleaños de su marido, en el Madison Square Garden, pues no estaba dispuesta a ser humillada ante 15.000 espectadores, cuando la actriz saliese a cantarle el cumpleaños feliz.

Kennedy estaba tan obsesionado con ella en esos momentos que envió a su cuñado, el también actor Peter Lawford, para que la recogiera en helicóptero del rodaje de la película que dejaría incompleta, Something’s got to give. Cuando la productora le denegó el permiso, el mismísimo Robert Kennedy telefoneó para solventar todos los problemas.

Jack Pack

Peter Lawford, Sammy Davis Jr., Joey Bishop, Frank Sinatra y Dean Martin: el Rat Pack, reconvertido en el “Jack Pack”, los nuevos amigos del Presidente.

Éstas son algunas de las muchas historias que relata el periodista francés François Forestier en el libro Marilyn y JFK (Aguilar). Veterano de Le Nouvel Observateur, Forestier ha comentado que su libro no es una obra periodística, ni un libro de historia, sino que sencillamente cuenta una historia. Aunque eso no es impedimento para que, en su elaboración, el autor haya revisado un amplio fondo documental, que va desde documentos desclasificados del FBI y la CIA, hasta entrevistas realizadas a testigos de algunos de los hechos que se narran, o la abundante bibliografía relacionada con el tema.

Ese trabajo de estudio le ha permitido, por ejemplo, recomponer la historia de la famosa Polaroid. Al parecer se tomó un domingo de diciembre de 1962 en casa de Peter Lawford. Éste era el enlace de Kennedy para todo lo que se refería a mujeres y diversión. Él le preparaba las escapadas con Frank Sinatra y del mismo modo arreglaba las citas con Marilyn o la chica que tocase. Y normalmente, la cita en cuestión tenía lugar en su casa en la playa, para evitar así miradas curiosas. Lo que no podía evitar Lawford, porque lo desconocía, era el férreo seguimiento del que era objeto, para tener así controlado a Kennedy, por parte de J. Edgar Hoover y sus chicos del FBI. No había ni un rincón de la casa libre de micrófonos.

Kennedy-Lawford-SinatraSinatra aceptó a Lawford en su círculo cuando éste se casó con la hermana de JFK. Aquí, ambos posan junto a otro de los Kennedy, Bobby, quien al declarar la guerra a la Mafia como Fiscal General firmó la sentencia de muerte de su hermano.

El libro de Forestier se lee casi como una novela, y sobre todo se lee de manera muy amena. La suya es una narración que se nutre de numerosas historias alrededor de las dos figures centrales, para dibujar así la compleja situación que vivían, como el continuo escrutinio del que era objeto Marilyn Monroe, espiada por la CIA, el FBI, la Mafia, su marido Joe DiMaggio… en definitiva, tanto amigos como enemigos de JFK.

En su retrato de estas dos figuras legendarias, Forestier no se deja influenciar por la leyenda ni por el aura de las estrellas. Por ello no tiene reparos en dibujar una Marilyn  desequilibrada, con adicción a las drogas y disfunciones sexuales. Kennedy no sale mal parado, al quedar como un niño mimado, completamente amoral y sin respeto por los sentimientos de cuantos lo rodean. Era un amante insaciable, que al parecer mantuvo relaciones con algunas de las más bellas actrices del momento, pero sufría eyaculación precoz. Desde el aborto de Jackie Kennedy que dejó indiferente a su marido, al consumo por parte de éste de LSD o la violación que Marilyn a manos del mafioso Sam Giancana son otros de los episodios que se relatan en la obra, en la que tampoco falta la gélida ruptura de la pareja. Cuando la inestabilidad de Marilyn se acentuó, JFK mandó a su hermano Bobby para que le dijese a la actriz que no quería volver a recibir una llamada suya. Según las crónicas de la época, y amigos de ambos personajes, Marilyn emprendió entonces un breve pero intenso romance con el Fiscal General. Una vez más, no faltaban brazos que quisieran consolar a la actriz, pero sólo hasta romper el alba.

Kennedys y Marilyn
Marilyn Monroe, entre los hermanos Kennedy.

Aunque la relación entre Marilyn Monroe y John Fitzgerald Kennedy había comenzado a mediados de los cincuenta, todo indica que no fue hasta que Frank Sinatra supo del interés del futuro presidente por la actriz cuando éstos, por mediación del cantante, tuvieron las cosas más fáciles. Sinatra Se encargó de mantener a distancia a sus sucesivos maridos de la actriz, así como de hacer viables los encuentros privados entre ellos, dos de los personajes más perseguidos por la prensa. De hecho,  la idea de que las citas tuvieran lugar en casa de Peter Lawford, casado con una hermana del presidente, fue cosa de Frank Sinatra. Lo que fuera por unos amigos

A comienzos de 1962 Marilyn contaba 35 años y Sinatra 46. La relación de amistad y sexo entre ambos se había mantenido tras el divorcio de DiMaggio y el posterior matrimonio con Arthur Miller, del que la actriz se separó en 1960. Sin embargo, en esa época Frank comenzó a sentirse cada vez más molesto durante sus encuentros con ella. Las depresiones y el consumo de pastillas por parte de la actriz hacían que el actor recordase viejos demonios que no quería revivir.

Aun así, la relación entre ambos fluctuaba. Había ocasiones en las que Sinatra no soportaba las salidas de tono de Marilyn, que alcanzaba un alto grado de embriaguez cuando la mayoría de los invitados de la fiesta saboreaban aún el primer cóctel. Pero, aunque molesto, Frank la cuidaba, y evitaba que la prensa pudiese tomar imágenes de ella en tal estado. De hecho, los hoteles de Las Vegas tenían orden de impedir a cualquier fotógrafo captar instantáneas de la actriz sin el consentimiento de ésta o de Sinatra. Cuando las cosas iban bien, su relación era genial. De hecho, se convirtieron en unos innovadores en materia sexual. Cuando se hospedaban en el Sands, Jack Entratter hacía circular un memorando en el que autorizaba a Frank a “recibir a invitados” en la azotea del edificio. Allí, al aire libre, la pareja hacía el amor a su antojo, algo que excitaba a la actriz especialmente. A cambio, ésta demostró a Frank que sus incipientes problemas de impotencia se debían al exceso de alcohol y a las largas jornadas de fiesta, y nada más.

Frank y MarilynFrank Sinatra y Marilyn Monroe en sus últimos días juntos, navegando en el barco del cantante.

Durante esos periodos de altibajos, Marilyn alternaba a Frank con el Presidente de los Estados Unidos. Mientras el primero representaba al amigo que la cuidaba y la aconsejaba, el segundo parecía ilustrar al hombre con el que a Marilyn le gustaría casarse. Pero al mismo tiempo, seguía enamorada de DiMaggio, sin duda, el hombre que había sido más bueno con ella de cuantos había conocido. Sin embargo, ninguno de los tres le correspondían. Todos la apreciaban, pero no la amaban; todos se interesaban por ella, pero no estaban interesados en ella. Cuando Norma Jean, la inocente joven de pueblo, se convirtió en la deseada estrella de cine Marilyn Monroe, creía que podría dejar atrás todos los complejos y traumas de su infancia y juventud, pero éstos no hicieron sino incrementarse. Ella sólo quería a un hombre bueno y firme a su lado, que la quisiese tanto como para cuidar de ella. Tal vez por eso se enamoró perdidamente de un ya anciano y enfermo Clark Gable, su compañero de reparto en Vidas rebeldes, de 1961 (que fallecía pocas semanas después de terminar el rodaje), y que cubría todas esas carencias en la vida de la desdichada artista.

JFK abandonó a Marilyn a comienzos de 1962, y poco después lo hacía Bobby. Y entre ambos, Sinatra anunciaba que iba a casarse con la joven actriz Juliet Prowse. La Monroe no necesitaba mucho más para hundirse en lo más profundo.

Sinatra se encontró con ella a mediados de aquel año. Tenía un aspecto lamentable. Volvía de México, donde le habían practicado un aborto. Los hermanos Kennedy, Sam Giancana o él mismo eran los hombres con más probabilidades de ser los responsables. Frank se la llevo al hotel-casino que había comprado en Nevada, el Cal-Neva, y la alojó en uno de los chalets más apartados, para que la actriz tuviese tranquilidad. Acababa de perder un papel de protagonista en otra película (Ella y sus maridos), planteada inicialmente con Sinatra como compañero de reparto. Éste barajaba financiar varios proyectos para ella, pero en ese momento, en su estado, Marilyn sólo podría protagonizar su propia tragedia. La preocupación de Frank por la actriz llegó al punto de que incluso se planteó seriamente casarse con ella, y acabar así con la peregrinación de hombres por su cama y de promesas por su corazón. “Nadie se meterá con ella si es la señora de Frank Sinatra”, comentó.

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Sam Momo Giancana, el mafioso que ayudó a entronar a Kennedy, hizo tratos con él y posteriormente participó en su asesinato.

Tras dos semanas en el Cal-Neva, donde fue visitada, entre otros, por Dean Martin, Sam Giancana y Joe DiMaggio, la actriz se marchó a su casa. Al parecer, estaba obsesionada con volver a hablar con John Kennedy, quien no respondía a sus llamadas telefónicas.

Cuando el 5 de agosto de ese año 62 encontraron el cuerpo sin vida de Marilyn Monroe, uno de los datos que más aireo la prensa fue el hecho de que tuviera puesto un disco de Frank Sinatra en su equipo de música. Fue un toque de hiel al dolor que Frank ya sentía por la muerte de su amiga. Lo lamentó profundamente. Pero además, le inquietó. La de Marilyn Monroe era una muerte anunciada. Sus habituales combinados de vodka y barbitúricos la convertían en una firme candidata a protagonizar un fatal desenlace en cualquier momento, pero tampoco había que pasar por alto los poderosos amantes que había tenido, de los que probablemente guardara secretos comprometedores. Una vez muerta, Marilyn fue objeto de tantas habladurías como lo fue en vida. Las circunstancias de su desaparición estarían destinadas a permanecer por siempre en el terreno de la especulación. No faltaban candidatos que, tras disfrutar de sus encantos quisieran quitársela de encima de manera definitiva. Claro que, de los enemigos más peligrosos de la inocente Norma Jean, fue probablemente la glamourosa Marilyn Monroe quien encabezaba la lista.

Aquélla fue la primera dramática muerte en Camelot. En apenas un año rodaría la cabeza del ‘rey’, y poco después la de su hermano. El nombre Giancana estuvo muy presente en todos aquellos casos. Un tipo interesante del que ya hablaremos otro día…

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Venceremos, algún día

February 7th, 2010

Unos buenos amigos acaban de marcharse de casa. Pasa bastante tiempo de las dos de la madrugada. Hemos recogido, Marta se ha acostado, y yo me he servido la última para ver selecciones del dvd de un directo de Peter, Paul & Mary. Es muy triste que ya se aprecie tan poco tan excepcional trabajo vocal y musical como para no valorar a este grupo; y es muy triste que ya muy pocos entiendan lo que significa el auténtico compromiso social como para comprender el legado de éstas y otras formaciones.

Pero a mí, como de costumbre, me ha estremecido escucharlos interpretar algunos de sus clásicos. Y mientras lo hacía, en una hoja de papel, he anotado unas pobres reflexiones. Éstas son esas notas y la canción que activó mi “interruptor” (aunque lamento no haber encontrado la versión de PP&M; en su defecto, Bruce Springsteen).

Venceremos, algún día

Algun día venceremos
los que creemos que no hay más vida que la paz
los que creemos que no hay paz que las ausencia de armas
los que creemos que no hay más armas que las palabras
los que creemos que no hay más dios que el propio hombre
los que creemos que no hay más justicia que la verdad
los que creemos que no hay más verdad que el amor
los que creemos que no hay más amor que el respeto
los que creemos que todos somos iguales
los que creemos que todos tenemos derecho
los que creemos que si queremos, podemos
los que creemos que podemos porque somos
los que creemos que somos y por eso luchamos
los que creemeos, algún día venceremos

Algún día venceremos
los que no nos dejamos engañar
los que no nos dejamos amedrentar
los que no nos dejamos guiar
los que no nos sentimos parte de la llamada
los que no nos echamos a dormir
los que no nos conformamos con lo que nos dan
los que no que no decimos sí, algún día venceremos

Algún día venceremos
los que aún queremos llorar
los que aún queremos reír
los que aún queremos luchar
los que aún queremos soñar
los que aún queremos sentir
los que aún nos sentimos nosotros, algún día venceremos

Los que aún nos emocionamos
escuchando una canción
Los que aún nos emocionamos
escuchando ‘Venceremos’
Venceremos, algún día…

We shall overcome

(Reverendo Charles Tindle)

Venceremos, venceremos,
Venceremos algún día.
En lo más profundo de mi corazón,
realmente tengo fe,
en que venceremos algún día.

Caminaremos de la mano,caminaremos de la mano
caminaremos de la mano algún día.
En lo más profundo de mi corazón,
realmente tengo fe,
en que caminaremos de la mano algún día.

Niviremos en paz, viviremos en paz
viviremos en pazalgún día.
En lo más profundo de mi corazón,
realmente tengo fe,
en que viviremos en paz algún día.

No tenemos miedo, no tenemos miedo.
Venceremos algún día.
En lo más profundo de mi corazón,
realmente tengo fe,
en que venceremos algún día.

Va a llegar un cambio…

February 6th, 2010

Sam Cooke era uno de los cantantes afroamericanos más populares de EEUU a comienzos de los años sesenta. Sus sencillos de soul y pop eran grandes éxitos, con una notable producción musical pero un mensaje bastante estándar. En alguna ocasión se había planteado decir algo más con sus canciones, pero la advertencia estaba clara: la cuestión de la lucha por los derechos de los negros era demasiado espinosa y podría arruinar sus ventas y su reputación.

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Sin embargo, Cooke se sintió mal cuando la canción de Blowin’ in the wind se convirtió en el gran himno de este movimiento. Tuvo que ser un joven blanco el que diese voz a la lucha de los negros contra el racismo y la discriminación. Con ese mal sabor de boca, un día, tras un concierto en Durham, Carolina del Norte, estuvo hablando con algunos manifestantes del movimiento de derechos civiles. Sintió entonces la necesidad de pronunciarse ante una situación tan terrible, que la población negra estadounidense siguiese siendo tratada de manera distinta a la blanca, con menos derechos, sin igualdad práctica ante la ley. Cooke se metió en el autobús de la gira y allí mismo garabateó las líneas que acabarían convirtiéndose en el auténtico himno del movimiento por la lucha por los derechos civiles: A change is gonna come (‘Va a llegar un cambio’).

La canción se articula a partir de dos episodios reales vividos por Cooke. El primer fue la muerte de su hijo de dieciocho meses, Vincent, que se ahogó accidentalmente. El segundo ocurrió a mediados de 1963, cuando el cantante y su banda fueron detenidos por alterar el orden público al intentar registrarse en un hotel “sólo para blancos” de Shreveport, Louisiana.

Sam Cooke grabó A change is gonna come el 21 de diciembre de 1963, en los estudios RCA en Los Ángeles, California, durante las sesiones para el álbum Ain’t that good news, editado en 1964. El cantante volvió a sus raíces musicales para dotar al tema de un emocionante aire gospel, que le permitió interpretar aquella letra con una pasión difícilmente advertida en sus grabaciones hasta la fecha.

A pesar de lograr unas ventas moderadas en su día, el tema es considerado la mejor composición de Cooke. Con el paso de los años, A change is gonna come ha conseguido mayor aceptación y elogios, y en 2005 fue incluida en la posición número 12 de la lista de las 500 mejores canciones de todos los tiempos, confeccionada por la revista Rolling Stone.

Tras ganar las elecciones de 2008, en un encuentro en Chicago con sus seguidores, Barack Obama empleó los versos de la canción para lanzar el mensaje que él mismo representaba: “Hace mucho tiempo que se aproximaba, y esta noche, el cambio ha llegado a América”.

Va a llegar un cambio

Hay un viejo amigo
al que una vez le oí decir
algo que me llegó al corazón
y empezaba así:

“Nací junto al río
en una pequeña carpa
y como el río
he estado fluyendo desde entonces”
Dijo que hace tiempo que se aproxima
pero sé que va a llegar un cambio.

Dijo que ha sido muy duro vivir
pero yo tengo miedo de morir
Podría no tenerlo si supiera
qué hay allí, más allá del cielo
hace tiempo, mucho tiempo que se aproxima
pero sé que tiene que llegar un cambio.

Fui con mi hermano
y le pregunté, “Hermano
¿podrías ayudarme, por favor?”
Él dijo: “Mi buen hermano
me gustaría, pero no puedo”
y cuando, cuando miré alrededor
yo había dado marcha atrás
cayendo sobre mis rodillas.

Hubo ocasiones en las que pensé
pensé que no resistiría mucho más
pero de algún modo ahora mismo creo
que soy capaz, capaz de seguir adelante.

Te digo que ha sido mucho tiempo
y ha sido un viaje cuesta arriba
todo el camino
pero yo sé, yo sé, yo sé
sé que va a llegar un cambio.

Algunas veces tuve que llorar toda la noche
Sí, lo hice.
Algunas veces tuve que darme por vencido
por aquello que sabía que estaba mal.

Sí, ha sido un viaje cuesta arriba
Seguro que ha sido un largo camino
Sí, lo ha sido
cada paso del camino.
pero yo creo, yo creo
que esta noche llega el cambio
Te digo eso
Llega el cambio

Un deseo para algún hada despistada

February 4th, 2010

Los jueves toca quedarse a comer en el trabajo, Y como cada semana, me he traído mi ipod bien cargadito de material para esa hora de descanso, digestión y sosiego posterior a la comilona de turno. Es una de esas cosas que no puedo evitar conservar de la infancia. Sigue emocionándome la llegada al galope del Séptimo de Caballería al toque de corneta, por muy yanqui que resulte, al igual que sigo creyendo que un hombre vestido con capa roja y pijama azul pueda inspirarnos para que seamos mejores personas; del mismo modo, sigo aburriéndome sin remedio cuando mis compañeros, de clase antes, de trabajo ahora, hablan de fútbol o de mujeres pechugonas; así que prefiero escuchar música.

Anoche cargué en el pequeño aparatejo algunos discos nuevos que quería revisar, pero después de comer me ha dado un poco de morriña, y al repasar el contenido del reproductor me ha dado por quedarme en una carpeta bautizada “B.S.O. de la novela”. Se trata, ni más ni menos, que del material musical que fui reuniendo mientras escribía la “novela méxicana”, bautizada por ahora como La balada de Sam. Salvando unas pocas piezas ajenas, la mayor parte del material de esa carpeta se nutre de bandas sonoras compuestas por Clint Eastwood, tanto para sus películas como para obras ajenas.

Paisaje

La novela no tiene nada que ver con este actor y director -y compositor, habitualmente respaldado por ese genial arreglista y director musical que es Lennie Niehaus- aunque tal vez sí que esconde el deseo oculto de aspirar a parecerse a cualquiera de las películas dirigidas por él.

Escuchando parte de ese material musical esta tarde, he vuelto a emocionarme como durante el proceso de escritura de la novela. Nadie ha leído aún ese libro, y daré a leer otra novela posterior antes que ésa. Sin ser ni de lejos nada biográfico, sí que se trata de una obra muy personal, al menos desde una perspectiva sentimental, y aún tengo demasiado miedo ante lo que puedan opinar. Aún estoy demasiado enamorado de ese texto como para ofrecerlo a la crítica libre.

Hoy, volviendo a escuchar esa música, decía, pensaba en esa novela y en la que corrijo actualmente. Y de pronto he deseado que un hada madrina, de esas enrolladas ideadas por Bárbara Rivero, se me apareciese y me concediese un deseo. Creo que entonces cerraría los ojos, apretaría los dientes, y pediría ser capaz de escribir una historia que mereciese de verdad estar acompañada por cualquiera de estas melodías.

Mi gran aspiración cuando me pongo a escribir es contar historias que hagan pasar un rato entretenido al lector, y que lo emocionen. Y aunque he disfrutado con mil películas a lo largo de mi vida, y se me han puesto los bellos de punta con obras de Ford, de Hawks, de Huston, de Truffaut, de Spielberg, de Minnelli, de Berlanga, de Buñuel, de Scorsese… Creo que ningún director me ha encogido jamás tanto el corazón como lo ha logrado el abuelo Clint. Y cuando escucho sus bandas sonoras no hago sino reafirmarme en su capacidad de este veterano artista para tocar en lo más sensible del alma humana. Acaban de publicar una biografía sobre él donde dicen que es un tipo poco menos que despreciable. Tal vez. No digo que sea un santo. Quizá como ser humano no sea demasiado, pero no creo que tenga la ocasión de comprobarlo. Como creador, que es lo que me afecta, es incontenible.

Por eso me da igual si mi prosa se aproxima o no a la de Steinbeck, si alcanzo los diálogos de Hemingway o la garra de Capote. Lo que quiero es que algún día, con algún libro, logre que alguien se estremezca con mi relato como yo lo he hecho tantas veces con las narraciones de Clint.

¿Que a qué me refiero? Limítate a escuchar…

Sin perdón (1992)

Los puentes de Madison (1995)

Million dollar baby (2003)

Banderas de nuestros padres (2006)

Grace is gone (2008)

Gran Torino (2008)

El intercambio (2008)

De lo perdido y otras coplas

February 3rd, 2010

Aviso para navegantes. Esta entrada puede resultar un poco borde. Lo siento. Es que me han tocado la fibra sensible, como unos días atrás con aquel asunto de la Iglesia que trajo consigo un largo debate. En este caso ha sido a causa de lo que yo denomino “vergüenza cañí”. ¿Qué es eso? Pues lo que pone de manifiesto esa gente que dice “Uy, Berlanga, Almodóvar y Antonio Resines… a mí dame Billy Wilder, Scorsese y Robert DeNiro”. Y lo dicen llenándosele la boca con esa pronunciación de yo-sé-inglés-por-si-no-te-has-dado-cuenta. O los que dicen “No, no, a mí déjame de Vázquez Montalbán y Terenci Moix y dame Raymond Chandler y Truman Capote”. Y ya, si hablamos de música:  “¡Qué dices de Serrat, Víctor Manuel o Raphael…! A mí dame Bob Dylan, Springsteen o Sinatra”. Bueno, y si el nombre que les dices está relacionado con Andalucía o el mundo del flamenco, apaga y vámonos. Choteo absoluto.

¡Pero qué estás hablando, snob de las narices! Los chovinistas me revientan, pero los que hacen gala de una ignorancia suma hasta el punto de alcanzar el extremo opuesto, ésos ya me matan. ¡Con lo ricas que son las experiencias cuando uno está abierto a todas las influencias por igual, lo que viene de fuera y lo que nace en la propia tierra! Además, compañero, que si no te gusta, maleta, billete, y a hacer puñetas (que por cierto, vuelven a ponerse de moda).

Parece mentira que sigamos arrastrando de ese mal sueño -pesadilla diría mejor- que duró cuarenta años, esa especie de vergüenza o de manía irracional hacia lo tradicional español. Que se lo digan al pobre de Carlos Cano, que un día se plantó y dijo que una cosa era que los fascistas le hubieran robado a media España la libertad o incluso la vida, y otra muy distinta era que se apropiasen de géneros de expresión popular como la copla o el flamenco, sin mediar batalla en contra. Y así, con dos narices, se dedicó a componer y a grabar copla, y lo pintaron de maricón y reaccionario pa’arriba. Y ahora resulta que la copla, con pianos y arreglos modernos, es algo sofisticado. Pero así era Carlos, con un corazón tan grande que le reventó en el pecho.

Ay, pena, penita, pena, en versión del gran Carlos Cano.

Yo presumo de pocas, de muy pocas cosas, porque realmente no tengo razones para hacerlo, pero si de algo me siento orgulloso es de haber sido educado por mis padres y abuelos para disfrutar por igual de una grabación de Louis Armstrong y una de Manolo Caracol, de un blues desconsolado de Janis Joplin y de la mejor Mari Trini, del Neil Diamond más melancólico y del Perales más romántico, de un sólo de Eric Clapton y uno de Tomatito.

Conozco a gente, a mucha gente, a la que le dices que Raphael ha sido una de las grandes voces de la música española, que el Dúo Dinámico fueron grandes del rock o que el flamenco de Rocío Jurado tiene la fuerza espiritual de un blues de Billie Holiday, y les falta tiempo para chotearse en tu cara. Bueno, a mí por suerte nunca me ha pasado, menos mal, porque como uno tiene a veces el pronto un tanto desbocado… Seguiriyas sería capaz de acabar cantando el sujeto en cuestión, a base de retorcerle los pezones.

Así que, mushasho, no seas saborío. Disfruta de lo bueno, venga de donde venga. Pero sobre todo, no tires piedras contra tu tejado. Date esa oportunidad. Porque después te quejarás de que los americanos han hecho una película ensalzando su historia, sus héroes o sus narices. Y es que a lo mejor los yanquis, que son muy listos, saben que además de atraer a los propia gente, van a encontrar a muchos filibusteros más interesados en las historias y tradiciones ajenas que en las de su propia tierra. Cuidado y no te dejes engañar, que como decía Marsillach en esa película entrañable que es Sesión continua: “Nos han confundido mucho con lo de la españolada”.

Don Juan Valderrama y Joan Manuel Serrat, dos generaciones y dos estilos, uniendo talentos para entonar la copla Pena mora.

Gracias al Cielo… por Gigi

January 27th, 2010

Durante mucho tiempo los musicales no fueron plato de mi gusto. Eso de que alguien fuese andando por la calle y se pusiese a cantar me sonaba a rollífero. Supongo que la cosa cambió cuando yo mismo sentí ganas de agarrarme a las farolas entonando alguna canción de Gerswhin o Porter. Desde entonces he ido disfrutando con muchos musicales, clásicos preferentemente, y debo decir que hay uno por el que siento especial cariño.

Se trata de Gigi, una obra con libreto y canciones de Alan Jay Lerner y música de Frederick Loewe, dirigido por ese genio del cromatismo y la composición visual que fue Vicente Minnelli.

Gigi, lo sé muy bien, no es ni con mucho el mejor musical de la historia. Las suyas no son las mejores canciones, ni gozó del reparto más brillante, el guión más divertido ni la producción más adecuada. Y sin embargo, qué maravillosa película. Y sobre todo, qué fantástica banda sonora. Hay seis canciones de Gigi que suponen para mí, en conjunto, uno de los más divertidos y emocionantes ejemplos de expresión musical cinematográfica. A su efectividad ayudó sin duda el trabajo de los protagonistas, unos correctos Leslie Caron y Louis Jordan, y especialmente un pletórico Maurice Chevalier.

Pero presentemos la historia: París, 1900. Gaston, joven y millonario, se aburre a pesar de ser el soltero más perseguido de toda la ciudad. Gigi es casi una niña y se divierte a todas horas aunque todavía no tenga edad para bailes y amoríos. Pero Gaston es amigo de la familia de Gigi y la visita con frecuencia. La abuela de Gigi ve en el cariño de Gaston una posibilidad y decide que su nieta ya es una mujer y por lo tanto debe empezar a pensar en casarse. Y, si es con Gaston, mejor. Pero Gaston tiene para Gigi planes que no son precisamente de matrimonio, y de ello se alegra su tío Honoré, un auténtico don Juan.

La película se abre con una de esas perlas magníficas que serían del todo impensables hoy día. Recuerdo que vi Gigi por primera vez cuando la pasó José Luis Garci en su programa, en el 96 o el 97. Ya ha llovido. Reconozco que me daba mala espina. Una cosa demasiado cursi, pensé. Pero entonces apareció el logo de la Warner, y la cámara de Minnelli me mostró ese parque lleno de gente feliz, y vi a ese anciano entrañable y apuesto que es Maurice Chevalier, es decir, el tío Honoré, sonriendo de oreja a oreja y observando a las niñas ya creciditas que juegan junto a él. Y de pronto, con esa cara de pillín que Dios le dio, empieza a cantar “Gracias al Cielo por las jovencitas”. En ese momento lo tuve claro. Es posible que Dios no exista hoy (lo que explicaría la programación de los 40 Principales), pero debió existir medio siglo atrás como para inspirar la genialidad de Lener y Loewe, y hacerlos capaces de escribir tal maravilla, por no hablar de la genialidad de Chevalier al interpretarla.

El mundo ha evolucionado tanto, somos hoy tan liberales, tan modernos y tan… tan… que nadie tendría narices de meter hoy una canción tan sutilmente bárbara en una película.

Llegamos así a la otra maravilla de la película, mi favorita junto a la anterior. El tío Honoré se encuentra con una vieja amiga y ambos recuerdan los viejos tiempos. Ya sólo la fotografía, con ese atardecer maravillosamente artificial, hace que se te caigan lágrimas como perneras de pantalón. ¡Viva el cartón piedra, el juego de luces, el fondo pintado! ¡Muerte a los efectos por ordenador, al 3d y a lo milimétricamente perfecto!

A lo que iba, que Honoré se encuentra con Madame Alvarez (sublime Hermione Gingold) y ambos evocan su primera cita. Sin embargo, los recuerdos de él no son del todo exactos, y ella le va corrigiendo y apuntando, y él, apurado, dice “Oh, sí. Lo recuerdo bien”. Pero a ella no le importa, porque los recuerdos son hermosos, y no hay rencor entre ellos, así que es generosa, y consciente de lo qué su antiguo amante necesita, le dice lo guapo y fuerte que era, y cómo soñaba con estar entre sus brazos. Entonces, el viejo tío Honoré suspira, y por primera vez con sinceridad, musita…. “Oh, sí. Lo recuerdo bien”.

Ya sabemos que el tío Honoré sabe disfrutar de los placeres de la vida, por eso no entiende cómo puede ser que su sobrino no sea capaz de encontrarle el encanto a las cosas cotidianas de un París maravilloso. Y se las enumera: las mujeres, la torre Eiffel, el río Sena, el vino, los árboles…  “¿De qué color son los arboles?”, pregunta el sobrino. “¡Verdes!”, responde el tío. “¿De qué color eran ayer?”, insiste el joven. “¡Verdes!”, reitera el anciano. “¿Y mañana?” “¡Verdes!” Y esas respuestas no hacen sino confirmar de lo que Gaston piensa de la vida: “¡Es aburrido!”.

Mientras tanto, Gigi está en casa. Anda bastante cansada de tener que aprender a comportarse como una pequeña dama, tal y como quieren sus tías para que pueda pescar a un parisino de postín. Ella quiere disfrutar, hacer locura y ser feliz, y no comprende tantos refinamientos a la hora de andar, de vestir, de hablar y de comer. Así que, cuando se queda sola, se deja caer sobre el sofá, agotada y fastidiada, y se lamenta: “No entiendo a los parisinos”.

Pero entonces, de pronto, la relación entre Gaston y Gigi empieza a afianzarse, y con ello llegan las primeras peleas entre los chicos. Y el viejo conquistador mira la escena y sonríe, y piensa que ya, a su edad, se libra de esos desvelos, y de los los celos, y de las trifulcas de pareja. Y dice para sí “¡Cómo alegro de no ser ya joven nunca más!”. Otro temazo a cargo de Chevalier.

Y llegamos al tema final, ése en el que Lerner y Loewe dieron en el clavo al describir el amor. Se trata de un soliloquio de Gaston relatando cada cosa que no aguanta de Gigi, intercalado por fragmentos de una hermosa melodía sobre la que canta todas las cosas maravillosas que le seducen de la chica. Así que anda de aquí para allá, enojado y haciendo aspavientos, y de pronto se calma, su mirada se escapa y su sonrisa se acentúa.

Porque así es la vida. ¡Y no hay más! Quieres alguien con lo bueno y con lo malo, y un día no puedes vivir sin esa persona y al día siguiente no te deja vivir. El bueno de Minnelli, que era un tipo listo -y por eso les dio a Dean Martin y a Shirley McClain los papeles de sus vidas en Como un torrente-, sabía un rato de estas cosas.

Sabía que la vida no es perfecta, que la felicidad no es permanente, que la gallardía no perdura, que el amor no es inflexible. Y por eso rodó una obra maestra que pasa desapercibida. Como las cosas más hermosas de este mundo, las que valen la pena. Esas cosas que están ahí, a las que nos acostumbramos, y no por eso dejan de ser maravillosas. Como la fan número uno de Jeremy Brett. Como un socarrón viejo verde cantándole a las niñas.

Gracias al Cielo… por el cine.

Corazón rebelde, un nuevo melancólico-depresivo para mi colección

January 26th, 2010

Durante la pasada gala de los Globos de Oro hubo pocas sorpresas, pero una de ellas fue especialmente placentera para dos personas: para Jeff Bridges y para mí. Hablo del triunfo inesperado la película Crazy heart, que se llevó los galardones en las categorías de mejor actor dramático y mejor canción, ‘The Weary Kind’, escrita por Ryan Bingham y T Bone Burnett. Para Bridges fue un alegría porque el actor dramático en cuestión era él. Para mí lo fue porque de este modo era ya algo más seguro que Crazy heart llegara a los cines.

corazon_rebelde

Y es que, a priori, se comentó que esta película iría directamente a la televisión por cable. A saber, una cinta de bajo presupuesto dirigida por un novato (Scott Cooper), basada en la novela de un desconocido (Thomas Cobb) y protagonizada por un actor que nunca ha llegado a conseguir un reconocimiento serio en sus trabajos dramáticos.

Pero ahora, de pronto, la cosa cambia. Las críticas están siendo muy buenas, y todas se centran en aplaudir el excelente trabajo de Jeff Bridges, que ya se perfila como un firme candidato al Oscar. Bridges interpreta Bad Blake, otrora estrella de la música country, que ha cambiado la guitarra y las multitudes por el alcohol y varios divorcios. Parece que nada le importa ya, mucho menos su carrera musical, y le basta con poder sobrevivir tocando en pequeños garitos de carretera y aliviando su soledad con mujeres de una noche. Pero entonces dos almas jóvenes se cruzaran en su camino, una reportera interesada por entrevistar a la estrella caída y un cantante en ciernes que quiere que componga un tema para él. Con ellos, Blake comienza a encontrar de nuevo sentido a su vida a través de la música.

Una historia sencilla y nada original, sin duda. Y si además está rodada, como imagino, con calma y sosiego, buen temple y sin montajes en plan videoclip marca Guy Ritchie, pues mejor que mejor. Además, parece que Bridges no es el único que hace un trabajo destacable. Sus compañeros de reparto tampoco se quedan atrás en las primeras críticas: Maggie Gyllenhaal en el papel de la periodista, Colin Farrell como ese artista que comienza y el veterano Robert Duvall como un viejo colega. Echadle un vistazo al trailer…

Duvall ha sido también uno de los principales impulsores del proyecto, tal vez por eso la película guarda ciertos paralelismos con aquella maravilla de 1982 que es Gracias y favores, película que le valió al actor un Oscar, junto a otro para el guionista Horton Foote. Dirigida por Bruce Beresford, la película se centraba en la turbulenta personalidad de un cantante de música country, Mac Sledge, (Duvall), ahogado en litros de alcohol y para quien la vida aún tenía resevada una última oportunidad: el encuentro con una joven viuda y su hija, gracias a las que Sledge tratará de descubrir renovados motivos para seguir viviendo.

Pero volviendo a este “corazón loco”, ¿Por qué me alegro tanto de que esta película llegue a una distribución normal? Para empezar, porque igual que hay hombres -la mayoría- para los que ver que están pasando un partido de fútbol por la tele y volverse locos es todo uno, pues a mí me ocurre algo similar con las historias de perdedores. Tengo ese puntazo John Huston, Sam Peckinpah, Charles Bukowski o como se quiera ver, ¿qué le vamos a hacer?. Dame una peli o una novela con un tipo acabado, que bebe para olvidar los días de gloria que no volverán, y soy feliz como un niño (qué ironía, ¿verdad?) . Supongo que soy carne de diván: cuanto más amarga es la historia, más me apasiona. Alguna relación tendrá también con el hecho de que viva en el soleado sur y prefiera los días grises de invierno. Un peligroso combinado de melancólico-depresivo, pero ésa es otra película.

Volviendo a la que nos ocupa, debo decir que también me seduce especialmente porque resulta que, cuando empezaron a trabajar en la película y Bridges le pidió al director que le definiera al personaje, Scott Cooper le dijo: “Piensa en los Highwaymen, el supergrupo country que crearon los outlaw Johnny Cash, Willie Nelson, Waylon Jennings y Kris Kristofferson. Si Bad Blake hubiese sido un personaje real, sin duda habría sido el quinto miembro”.

Cuando leí eso ya empecé a frotarme las manos. A relamerme no he comenzado hasta ver las primaras imágenes y combrobar que, si bien Bridges ha tomado como referente a Jennings para algunas secuencias (con esa camisa blanca, chaleco y sombrero oscuros), está claro que en el conjunto de la película su encarnación no es sino un alter ego de Kristofferson. De hecho, ambos son amigos desde que compartieron rodaje a las órdenes de Michael Cimino en ese valiente clásico a reivindicar que es La puerta del cielo.

Kris & Jeff

El parecido entre personaje y cantante real no se queda sólo en la apariencia física (ahí están esas fotos) o en el estilo musical e interpretativo, sino también en la propia historia, con los problemas con el alcohol, los matrimonios fallidos, las crisis de autoestima y los buenos amigos que acuden al rescate. Al parecer, tras ver Crazy heart en un pase privado, Kristofferson aseguró haberse emocionado varias veces: “Es mi vida lo que estaba viendo en la pantalla”, le reconoció a Bridges.

Crazy heart llegará a España en un par de semanas, el 12 de febrero, con el título Corazón rebelde. Por su parte, New West publica la banda sonora, que incluye varios cortes interpretados por Jeff Bridges junto a piezas a cargo de Ryan Bingham (que interpreta el tema premiado), George Jones, Lucinda Williams, Waylon Jennings, Townes Van Zandt, Stephen Bruton, Lightnin Hopkins… y una pequeña joya: Robert Duvall entonando la emocionante Live forever de Billy Joe Shaver.

Para abrir boca, os dejo este directo de Bridges interpretando el tema principal de la película, ganador del Globo de Oro, The weary kind.

Apuntes sobre la nueva novela

January 21st, 2010

Llevo desde el domingo queriendo escribir esta entrada, pero no encontraba el momento. No es que se trate de nada especialmente relevante, tan sólo es que cuando dejo de trabajar no me quedan muchas ganas de seguir tecleando. Lo de siempre, vamos.

En fin, sencillamente quería dejar constancia en el blog de que el domingo por la noche puse punto final a la novela que tenía entre manos. Ha sido un ejercicio bastante curioso, todo un desafío. Una novela en apenas dos meses y medio. Ya, ya sé que las prisas no son buenas, y desde luego yo no tenía urgencia. Todo empezó al aceptar la propuesta de mi amiga -e ilustre maestra de literatos- María José Barrios, para que me embarcase con ella en el proyecto NaNoWriMo. Creo que ya he comentado algo al respecto por aquí, pero bueno, resumiendo: la escritura de una novela en un mes, 30 días con sus 30 noches para 50.000 palabras.

En el fondo no es más que un sistema -bastante efectivo por cierto- para ayudar a personas que no acaban de lanzarse a escribir en serio o a autores con bloqueos creativos. Mi caso no era, por suerte, ni uno ni otro. No era más que un escritor entusiasmado ante la reciente publicación de su último libro con una idea fresca en la cabeza y miedo a que los dedos se me enfriasen, porque es cierto que entre libro y libro tiendo relajarme demasiado. Y el objetivo del NaNoWriMo no es más que ese: escribir. Los detalles y correcciones vendrán luego. El premio es, sencillamente, haberlo logrado

En mi caso no he acabado la novela en un mes, desde luego, ni falta que hacía. Lo estupendo ha sido imponerme una disciplina de trabajo férrea que difícilmente habría adoptado de otra forma, y de pronto me encuentro con nuevo texto en el cajón. Conforme iba escribiendo, tenía junto a mí una libreta en la que iba tomando notas de cuestiones a documentar, datos para buscar, personajes que reinventar y pasajes que reescribir. Ese proceso, el de revisión, reescritura y corrección, ya lo empecé el martes, y supongo me llevará un tiempo considerable.

El resultado ha sido una novela de unas 60.000 palabras ambientada en Las Vegas de 1955. Si La fiesta de Orfeo destilaba cine de misterio y terror de serie B, en este caso son el cine y la literatura negra los que me han servido de aliciente e inspiración, aunque debo reconocer que el tono de la obra está bastante alejado de los clásicos habituales de Chandler o Hammett. Asesinatos, tiroteos, la Mafia, los casinos, cócteles, bourbon sin hielo, jazz, sombreros de fieltro, chicas de armas tomar y una galería de personajes reales que van desde Frank Sinatra a John Wayne o el mafioso Johnny Roselli.

Pontiac_Silver_Streak

Sobre el protagonista, Eddie Bennett, puedo deciros que es un veterano de la segunda guerra mundial que acabó haciéndose un hueco en la ciudad de Las Vegas como “solucionador de problemas”. Es un tipo tan elegante al que, cuando trabajaba en Atlantic City, en el club de Skinny D’Amato, lo apodaban Eddie el Figura. Fuma Lucky Strike, bebe Southern Comfort, lleva en la funda sobaquera la Colt 1911 que conserva de sus días en el Ejército, y conduce un Pontiac Silver Streak convertible de 1950 (como el de la imagen superior).

Con la corrección, llega también mi momento preferido, el de los detalles. Actualmente estoy revisando una cantidad ingente de fotografías de la época con objeto de poder describir bien cómo era Las Vegas hace más de medio siglo, lo que no es tarea fácil, pues en cosa de tres o cuatro años, justo en aquel momento, la ciudad del pecado cambió radicalmente.

Ya veremos qué tal queda. Por mi parte estoy muy ilusionado, y una vez más he vuelto a disfrutar mucho con el proceso de escritura. Espero que no pase mucho tiempo antes de poder recibir algunas opiniones vuestras, lo que significará que la obra ya ha visto la luz. Ah, y respecto al reparto ideal -ya sabéis que mi cinefilia no tiene cura-, creo que James Caan sería mi Eddie Bennett ideal. Al menos, ha sido a él a quien tenía en mente mientras tecleaba.

james_caan

Sherlock Holmes reinterpretado

January 16th, 2010

Por fin se ha estrenado la nueva aventura de Sherlock Holmes y el resultado es el que se podía esperar: una película entretenida cuya única relación con el universo de Conan Doyle casi se reduce al empleo de los nombres. Es difícil -aunque probable, claro- que quien acuda a ver esta película con la concepción tradicional de Holmes en mente salga satisfecho. Su director, Guy Ritchie, explicó tiempo atrás que su pretensión era ofrecer una especie de actualización o reinvención del personaje. Bueno, digamos que más bien es una versión paralela del mismo. Como ya se ha escrito, este nuevo inquilino de Baker Street tiene más de James Bond que de Sherlock Holmes.

A pesar de todo, la película funciona como entretenimiento ligero y sin pretensiones (si empre y cuando no vaya uno en plan exigente). La lograda ambientación victoriana y el correcto trabajo de Robert Downey Jt. y Jude Law en los papales protagonistas, subrayando el continuo juego entre ambos personajes, hace que la hora y pico se desarrolle de manera amena. Y para lo que cuesta la entrada y lo que suele dar de sí el cine de aventuras, bastante es. Un seis le daba yo, y eso pasando por alto los epilépticos movimientos de cámara a los que es tan aficionado el señor Ritchie.

Eso sí, mientras asistía a la proyección me preguntaba cómo reaccionarán algunos jóvenes que, ajenos hasta la fecha a las aventuras de Sherlock Holmes, se animen a leer uno de sus libros tras ver la película. El chasco puede ser macanudo, aunque espero que alguno quede seducido por la magia.

Sherlock Holmes

Aprovechando la ocasión, y ya que hablamos de reinterpretasiones holmesianas, quisiera trar a este rincón una selección de curiosidades publicadas por Luis Emilio Reñé en el excelente sitio web 221B. Aquí encontraréis errores de interpretación del personaje, frases célebres, datos sobre el Canon y otros detalles curiosos.

La mayor curiosidad a la que se debe hacer referencia es a la más famosa frase de Sherlock Holmes, es decir:

- Elemental, mi querido Watson.

Esta conocidísima frase en realidad es falsa, pues el personaje nunca la dijo en las novelas o relatos de Doyle, y debe atribuirse su fama al cine; concretamente fue pronunciada por primera vez en la última escena del primer filme de Holmes de la era sonora, The Return of Sherlock Holmes (1929), protagonizado por Clive Brook.

Otro elemento característico del mundo Holmes y también falso es la gorra de cazador (deerstalker hat), pues Doyle nunca lo menciona en su obra. La confusión surgió en el relato “El misterio del valle de Boscombe”, donde Holmes usa una gorra de paño. El ilustrador del relato, Sidney Paget, lo confundió con una gorra de cazador a la hora de ilustrarla, atribuyéndole esa nueva imagen al mito.

La pipa meerschaum (espuma de mar) propia de la iconografía de Sherlock Holmes tampoco pertenece al mundo ideado por Doyle, pues casi no existió durante el siglo XIX. La primera vez que se usó respecto al personaje fue en una dramatización para el teatro en 1899 por William Gillette.

Los aficionados denominan el Canon, o Escritos Sagrados, a los nueve libros que escribió Conan Doyle de Sherlock Holmes, divididos en 56 relatos cortos y cuatro novelas. Estos nombres son una manera de diferenciarlos con todas las demás apariciones de Holmes en los diferentes medios.

Las sociedades de Sherlock Holmes se rigen bajo un código conocido entre los entendidos como “el juego”. Es una extraña forma de engaño sugestionado, en donde sus miembros hacen de cuenta que Sherlock Holmes fue una persona que vivió realmente y que Arthur Conan Doyle no fue su creador sino, simplemente, el agente literario de su biógrafo el doctor Watson.

Los aficionados tienden a autodenominarse bajo la palabra “sherlockianos” o “holmesianos”, términos que los resaltan como estudiosos de la obra de Doyle, es decir, analistas del Canon. Estas dos formas de llamarse causan disputas entre los que se denominan de una forma y de otra, pues los “sherlockianos” son los aficionados por parte de América y los “holmesianos” por parte de Europa. Ambos defienden el nombre, unos por ser los primeros en usarlo y los segundos por ser más respetuosos con las costumbres inglesas en el uso del apellido.

Actualmente se puede comprar toda clase de recuerdos relacionados con Holmes en la tienda de Baker Street en Londres. Muchos de ellos rozan lo insólito, desde juegos de ajedrez con figuras de los personajes, hasta sellos de correos, bustos, monedas, juguetes, gorras, camisetas, etc. Holmes ha sido un regalo para la industria de la publicidad, y su gusto por el tabaco y el vino ha hecho producir gran cantidad de esta clase de mercadería con su nombre o relacionado con su imagen a lo largo de los años.

El 221b de Baker Street (que originalmente no existía) ha sido totalmente remodelado, y ahora es la sede del edificio de la Abbey National Building Society, una de las instituciones financieras más conocidas de Inglaterra. A pesar de que Holmes es un personaje de ficción, siguen llegando por correo dos mil cartas anuales solicitando sus consejos. Y la institución dispone de empleados exclusivos que responden a las solicitudes.

Entre las frases más conocidas o relevantes dichas por Sherlock Holmes destaca “Cuando se ha eliminado lo imposible, lo que queda, por muy improbable que parezca, tiene que ser la verdad”.

Aunque quizás la frase más recordada por los apasionados provenga del relato “Silver Blaze”, en la cual, durante plena investigación, Holmes es consultado por el policía a cargo de la investigación:

-¿Existe algo más sobre lo que quisiera llamar mi atención, señor Holmes?

- Sí, el curioso incidente del perro aquella noche.

- El perro no hizo nada aquella noche.

- Ése es precisamente el curioso incidente.

El lector se enteraría al final del relato que Holmes se refería a que, si el perro no ladró, ni tampoco hizo nada aquella noche, fue porque conocía al criminal.

Otras frases destacadas del célebre detective son las que siguen:

“Es un error capital lanzar teorías antes de poseer datos. Por naturaleza uno comienza a alterar los hechos para encajarlos en las teorías, en lugar encajar las teorías con los hechos”.

“Nunca hago excepciones; una excepción rompe la regla general”.

“¡Datos, datos! ¡No se pueden construir muros sin ladrillos!”.

“Sólo ha pasado una cosa importante durante los últimos tres días, y es que no ha pasado nada”.

Al hablar de un policía francés que le solicita ayuda por carta, se puede reconocer el cinismo de Holmes:

- Posee dos de las tres cualidades necesarias al detective ideal. Es buen observador y sabe sacar deducciones. Sólo le faltan conocimientos, pero puede que los obtenga con el tiempo. Ahora está traduciendo al francés mis modestas obras.

Habla un obispo y sube el pan… Munilla El Salvaje

January 15th, 2010

La Iglesia ha hablado. Y como ocurre casi siempre, la caga y mete la pata hasta el alzacuellos. Ya puede ser un cura de barrio, un obispo o el Padre Santo de Roma, pero cada vez que abren ese desagüe que tienen bajo la nariz, los canales de comunicación se emponzoñan. Igual no son todos, desde luego. Lo que pasa es que en la Iglesia Católica, en la española con más afición que en ninguna, además de haber mucho bocaza resulta que también tienen muchas ganas de darle al pico y proclamar a los cuatro vientos lo que pasa por sus cerebros adoctrinados y adoctrinadores.

Estoy calentito, ya lo sé. Pero es que venía yo feliz y contento camino del trabajo, con la feliz intención de dedicarle hoy una extensa entrada del blog a las encarnaciones cinematográficas de Sherlock Holmes, y he tenido la terrible idea de poner la radio. Mira que siempre escucho música por el bien de mi salud mental, para no aguantar paridas ni que me intenten convencer de lo que es buena música. Pues voy hoy y pongo la radio. Y escucho en el boletín que ayer, el obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla, dijo en una entrevista radiofónica que “existen males mayores” que los que están sufriendo “los pobres” en Haití, como “nuestra pobre situación espiritual”.

Claro, escucho eso y me quedo con el cuerpo cortado. Porque no sabes bien si ha sido una coña, un malentendido o una artimaña de la emisora de turno para darle caña al inocente hombre de Dios. Pero no, es que ponen la grabación y efectivamente es así. Se ve que el obispo Munilla, alias El Salvaje, estaba algo fuera de sí al abordar el asunto del aborto. De hecho, antes de minimizar una catástrofe cuyas víctimas y consecuencias aún es imposible valorar, el buen hombre ya le advertía al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero que se cuidase muy mucho de acercarse a tomar la Comunión, porque eso no cuadraría con su ley del aborto. Y luego fue cuando entró a saco.

“Lamentamos muchísimo lo de Haití”, dijo, “pero igual deberíamos, además poner toda nuestra solidaridad y recursos económicos con esos pobres, llorar por nosotros y por nuestra pobre situación espiritual (…) Quizá es un mal más grande el que nosotros estamos padeciendo que el que esos inocentes están sufriendo”.

Toma ya. Y esto lo largó apenas cinco días después de tomar posesión como nuevo obispo de San Sebastián. Si es que a veces estos religiosos son como un Miura, que le pones el trapo por delante y embisten sin pensar dónde se meten. Pues nada, ahí queda esa joya, otra perla más para ese collar con nudo corredizo que es el de la Iglesia española. Este mismo Munilla fue el que, meses atrás, refiriéndose también a la moral y la ética del país, decía que no deberían dejar tan sola a la Iglesia cuando defiende principios tan importantes. Que más dinerito, vamos. Y que no se enteran de que hay vida más allá de los muros de la Iglesia, y muerte, como la de los miles de personas que han perecido en Haití, y que el obispito se pasa por el forro de la sotana. Decir una barbaridad puede avergonzar a alguien, pero decir algo así denota que Munilla, sencillamente, no tiene vergüenza ninguna. O caridad cristiana, por decirlo en su idioma.

Pues mire usted, Munilla El Salvaje, la Iglesia de Roma y la de Pernambuco, con cruz, estrella o media luna, con su pan se lo coman. Los curas, a los púlpitos. ¿Qué pasa? Que se están quedando sin clientela, ¿verdad? Incluso sin empleados para servir sus cócteles de cemento armado, ¿a que sí? Ah, pues renueve usted la oferta. Que la cocina apesta ya a fritanga con tropezones, pater, y las cartas de menú tienen más mugre que sus concepciones éticas y morales. Y eso, ya no hay quien se lo trague.