Sonrisas amargas en Camelot (Marilyn, los Kennedy y el Rat Pack)
February 8th, 2010La presidencia de John Fitzgerald Kennedy, del 20 de enero de 1961 al 22 de noviembre de 1963, fue una de las más singulares que ha tenido Estados Unidos. Su mandato fue un claro reflejo de la vida del país. Un marido y padre de familia ideal, apuesto y moderno, con aspecto de estrella de cine, amistades a la altura y un férreo compromiso social con la situación de la población negra. Pero al mismo tiempo, ocultaba una cara menos agradable, marcada por el consumo de alcohol y drogas, y sobre todo, por un insaciable apetito sexual más allá del más mínimo sentimiento hacia sus parejas, incluida su mujer.
Durante el mandato de JFK, la Casa Blanca fue escenario de algunos de los episodios más loables de su historia, tanto en la esfera política político como en la privada, pero también de los más vergonzosos. ¿Alguien se imagina que el presidente del país más poderoso del mundo estudió asesinar a Fidel Castro a través del mafioso Sam Giancana, empleando para intercambiar sus mensajes a una amante que ambos compartían, la joven Judith Campbell?
Sinatra y Kennedy ante la entrada del Hotel Sands, en Las Vegas,donde el cantante organziaba fiestas privadas para el entonces senador.
La prensa se refería a toda la camarilla que rodeaba al presidente Kennedy con el nombre del reino del artúrico, Camelot. Nunca había existido hasta el momento un líder con tanto magnetismo, pero al mismo tiempo, con un lado oculto tan oscuro. Y a su alrededor estaban el hermano justiciero (Robert), el amigo cantante poderoso (Sinatra), el mafioso allegado (Giancana) y la mujer más deseada del país.
El 2 de mayo de 1972 fallecía J. Edgar Hoover, fundador y director de la Oficina Federal de Investigación, el temido FBI. Cuando llegó el momento de vaciar su casa, pocos podrían adivinar que allí encontrarían tantos documentos comprometedores de muchas personalidades objeto de su amplia red de espionaje. Buena parte de aquel material fue requisado y archivado, pero otra parte se perdió, traspapelada entre recuerdos personales. Poco después de esa “limpieza”, un vecino de Hoover encontró junto a la basura una curiosa instantánea, una Polaroid que mostraba al presidente Kennedy y a la actriz Marilyn Monroe compartiendo sonrientes una bañera llena de espuma.
La actriz y el Presidente, en la intimidad.
Esa foto es una de las pocas pruebas que existen de una relación de la que, sin embargo, no cabe duda alguna. El presidente y la estrella, Kennedy y Marilyn. Fue un secreto a gritos que llevó a situación tan incómodas como la ausencia de Jacqueline Kennedy, la primera dama, en la multitudinaria celebración del 45 cumpleaños de su marido, en el Madison Square Garden, pues no estaba dispuesta a ser humillada ante 15.000 espectadores, cuando la actriz saliese a cantarle el cumpleaños feliz.
Kennedy estaba tan obsesionado con ella en esos momentos que envió a su cuñado, el también actor Peter Lawford, para que la recogiera en helicóptero del rodaje de la película que dejaría incompleta, Something’s got to give. Cuando la productora le denegó el permiso, el mismísimo Robert Kennedy telefoneó para solventar todos los problemas.
Peter Lawford, Sammy Davis Jr., Joey Bishop, Frank Sinatra y Dean Martin: el Rat Pack, reconvertido en el “Jack Pack”, los nuevos amigos del Presidente.
Éstas son algunas de las muchas historias que relata el periodista francés François Forestier en el libro Marilyn y JFK (Aguilar). Veterano de Le Nouvel Observateur, Forestier ha comentado que su libro no es una obra periodística, ni un libro de historia, sino que sencillamente cuenta una historia. Aunque eso no es impedimento para que, en su elaboración, el autor haya revisado un amplio fondo documental, que va desde documentos desclasificados del FBI y la CIA, hasta entrevistas realizadas a testigos de algunos de los hechos que se narran, o la abundante bibliografía relacionada con el tema.
Ese trabajo de estudio le ha permitido, por ejemplo, recomponer la historia de la famosa Polaroid. Al parecer se tomó un domingo de diciembre de 1962 en casa de Peter Lawford. Éste era el enlace de Kennedy para todo lo que se refería a mujeres y diversión. Él le preparaba las escapadas con Frank Sinatra y del mismo modo arreglaba las citas con Marilyn o la chica que tocase. Y normalmente, la cita en cuestión tenía lugar en su casa en la playa, para evitar así miradas curiosas. Lo que no podía evitar Lawford, porque lo desconocía, era el férreo seguimiento del que era objeto, para tener así controlado a Kennedy, por parte de J. Edgar Hoover y sus chicos del FBI. No había ni un rincón de la casa libre de micrófonos.
Sinatra aceptó a Lawford en su círculo cuando éste se casó con la hermana de JFK. Aquí, ambos posan junto a otro de los Kennedy, Bobby, quien al declarar la guerra a la Mafia como Fiscal General firmó la sentencia de muerte de su hermano.
El libro de Forestier se lee casi como una novela, y sobre todo se lee de manera muy amena. La suya es una narración que se nutre de numerosas historias alrededor de las dos figures centrales, para dibujar así la compleja situación que vivían, como el continuo escrutinio del que era objeto Marilyn Monroe, espiada por la CIA, el FBI, la Mafia, su marido Joe DiMaggio… en definitiva, tanto amigos como enemigos de JFK.
En su retrato de estas dos figuras legendarias, Forestier no se deja influenciar por la leyenda ni por el aura de las estrellas. Por ello no tiene reparos en dibujar una Marilyn desequilibrada, con adicción a las drogas y disfunciones sexuales. Kennedy no sale mal parado, al quedar como un niño mimado, completamente amoral y sin respeto por los sentimientos de cuantos lo rodean. Era un amante insaciable, que al parecer mantuvo relaciones con algunas de las más bellas actrices del momento, pero sufría eyaculación precoz. Desde el aborto de Jackie Kennedy que dejó indiferente a su marido, al consumo por parte de éste de LSD o la violación que Marilyn a manos del mafioso Sam Giancana son otros de los episodios que se relatan en la obra, en la que tampoco falta la gélida ruptura de la pareja. Cuando la inestabilidad de Marilyn se acentuó, JFK mandó a su hermano Bobby para que le dijese a la actriz que no quería volver a recibir una llamada suya. Según las crónicas de la época, y amigos de ambos personajes, Marilyn emprendió entonces un breve pero intenso romance con el Fiscal General. Una vez más, no faltaban brazos que quisieran consolar a la actriz, pero sólo hasta romper el alba.
Marilyn Monroe, entre los hermanos Kennedy.
Aunque la relación entre Marilyn Monroe y John Fitzgerald Kennedy había comenzado a mediados de los cincuenta, todo indica que no fue hasta que Frank Sinatra supo del interés del futuro presidente por la actriz cuando éstos, por mediación del cantante, tuvieron las cosas más fáciles. Sinatra Se encargó de mantener a distancia a sus sucesivos maridos de la actriz, así como de hacer viables los encuentros privados entre ellos, dos de los personajes más perseguidos por la prensa. De hecho, la idea de que las citas tuvieran lugar en casa de Peter Lawford, casado con una hermana del presidente, fue cosa de Frank Sinatra. Lo que fuera por unos amigos
A comienzos de 1962 Marilyn contaba 35 años y Sinatra 46. La relación de amistad y sexo entre ambos se había mantenido tras el divorcio de DiMaggio y el posterior matrimonio con Arthur Miller, del que la actriz se separó en 1960. Sin embargo, en esa época Frank comenzó a sentirse cada vez más molesto durante sus encuentros con ella. Las depresiones y el consumo de pastillas por parte de la actriz hacían que el actor recordase viejos demonios que no quería revivir.
Aun así, la relación entre ambos fluctuaba. Había ocasiones en las que Sinatra no soportaba las salidas de tono de Marilyn, que alcanzaba un alto grado de embriaguez cuando la mayoría de los invitados de la fiesta saboreaban aún el primer cóctel. Pero, aunque molesto, Frank la cuidaba, y evitaba que la prensa pudiese tomar imágenes de ella en tal estado. De hecho, los hoteles de Las Vegas tenían orden de impedir a cualquier fotógrafo captar instantáneas de la actriz sin el consentimiento de ésta o de Sinatra. Cuando las cosas iban bien, su relación era genial. De hecho, se convirtieron en unos innovadores en materia sexual. Cuando se hospedaban en el Sands, Jack Entratter hacía circular un memorando en el que autorizaba a Frank a “recibir a invitados” en la azotea del edificio. Allí, al aire libre, la pareja hacía el amor a su antojo, algo que excitaba a la actriz especialmente. A cambio, ésta demostró a Frank que sus incipientes problemas de impotencia se debían al exceso de alcohol y a las largas jornadas de fiesta, y nada más.
Frank Sinatra y Marilyn Monroe en sus últimos días juntos, navegando en el barco del cantante.
Durante esos periodos de altibajos, Marilyn alternaba a Frank con el Presidente de los Estados Unidos. Mientras el primero representaba al amigo que la cuidaba y la aconsejaba, el segundo parecía ilustrar al hombre con el que a Marilyn le gustaría casarse. Pero al mismo tiempo, seguía enamorada de DiMaggio, sin duda, el hombre que había sido más bueno con ella de cuantos había conocido. Sin embargo, ninguno de los tres le correspondían. Todos la apreciaban, pero no la amaban; todos se interesaban por ella, pero no estaban interesados en ella. Cuando Norma Jean, la inocente joven de pueblo, se convirtió en la deseada estrella de cine Marilyn Monroe, creía que podría dejar atrás todos los complejos y traumas de su infancia y juventud, pero éstos no hicieron sino incrementarse. Ella sólo quería a un hombre bueno y firme a su lado, que la quisiese tanto como para cuidar de ella. Tal vez por eso se enamoró perdidamente de un ya anciano y enfermo Clark Gable, su compañero de reparto en Vidas rebeldes, de 1961 (que fallecía pocas semanas después de terminar el rodaje), y que cubría todas esas carencias en la vida de la desdichada artista.
JFK abandonó a Marilyn a comienzos de 1962, y poco después lo hacía Bobby. Y entre ambos, Sinatra anunciaba que iba a casarse con la joven actriz Juliet Prowse. La Monroe no necesitaba mucho más para hundirse en lo más profundo.
Sinatra se encontró con ella a mediados de aquel año. Tenía un aspecto lamentable. Volvía de México, donde le habían practicado un aborto. Los hermanos Kennedy, Sam Giancana o él mismo eran los hombres con más probabilidades de ser los responsables. Frank se la llevo al hotel-casino que había comprado en Nevada, el Cal-Neva, y la alojó en uno de los chalets más apartados, para que la actriz tuviese tranquilidad. Acababa de perder un papel de protagonista en otra película (Ella y sus maridos), planteada inicialmente con Sinatra como compañero de reparto. Éste barajaba financiar varios proyectos para ella, pero en ese momento, en su estado, Marilyn sólo podría protagonizar su propia tragedia. La preocupación de Frank por la actriz llegó al punto de que incluso se planteó seriamente casarse con ella, y acabar así con la peregrinación de hombres por su cama y de promesas por su corazón. “Nadie se meterá con ella si es la señora de Frank Sinatra”, comentó.
Sam Momo Giancana, el mafioso que ayudó a entronar a Kennedy, hizo tratos con él y posteriormente participó en su asesinato.
Tras dos semanas en el Cal-Neva, donde fue visitada, entre otros, por Dean Martin, Sam Giancana y Joe DiMaggio, la actriz se marchó a su casa. Al parecer, estaba obsesionada con volver a hablar con John Kennedy, quien no respondía a sus llamadas telefónicas.
Cuando el 5 de agosto de ese año 62 encontraron el cuerpo sin vida de Marilyn Monroe, uno de los datos que más aireo la prensa fue el hecho de que tuviera puesto un disco de Frank Sinatra en su equipo de música. Fue un toque de hiel al dolor que Frank ya sentía por la muerte de su amiga. Lo lamentó profundamente. Pero además, le inquietó. La de Marilyn Monroe era una muerte anunciada. Sus habituales combinados de vodka y barbitúricos la convertían en una firme candidata a protagonizar un fatal desenlace en cualquier momento, pero tampoco había que pasar por alto los poderosos amantes que había tenido, de los que probablemente guardara secretos comprometedores. Una vez muerta, Marilyn fue objeto de tantas habladurías como lo fue en vida. Las circunstancias de su desaparición estarían destinadas a permanecer por siempre en el terreno de la especulación. No faltaban candidatos que, tras disfrutar de sus encantos quisieran quitársela de encima de manera definitiva. Claro que, de los enemigos más peligrosos de la inocente Norma Jean, fue probablemente la glamourosa Marilyn Monroe quien encabezaba la lista.
Aquélla fue la primera dramática muerte en Camelot. En apenas un año rodaría la cabeza del ‘rey’, y poco después la de su hermano. El nombre Giancana estuvo muy presente en todos aquellos casos. Un tipo interesante del que ya hablaremos otro día…




















