Sobre la gala de los Oscar (casi tan insulsa como Avatar)

March 9th, 2010

Los responsables de la gala aseguraron la jornada previa que “llovería humor”, pero la ceremonia resultó larga, sin ritmo y extremadamente fría. El cómico Ben Stiller, disfrazado como uno de los Na’vi, los alienígenas de Avatar, arrancó el mayor número de carcajadas en un acto en el que éstas, como las lágrimas, brillaron por su ausencia. Ni siquiera la supuesta química entre los presentadores, Steve Martin y Alec Baldwin, compañeros de reparto en la comedia No es tan fácil, logró imprimir algo de encanto a lo que sucedió la madrugada del lunes en el teatro Kodak.

Todo era previsible, empezando por el aburrimiento al que conducen las estrictas normas que imponen los organizadores. ¿Cómo se pueden poner tantas trabas y condiciones a alguien que va a recibir un premio? El resultado es que los galardonados suben al escenario casi como críos reclamados ante la pizarra por el profesor. Basta echar un vistazo a galas de hace diez, veinte o treinta años para comprobar que el asunto podría saldarse de manera muy diferente.

El enfrentamiento entre Avatar y En tierra hostil como cintas favoritas parecía, por otro lado, tener poco de auténtico desafío. Tras arrasar en los premios más de una década atrás, era difícil que James Cameron convenciese a los académicos con una película como la que traía este año. Que los profesionales del cine colmasen de oscars ese producto habría sido como que los principales editores literarios defendiesen la necesidad de imponer cuanto antes el libro digital. Después de todo, Avatar es una obra tan cinematográfica como la última entrega de alguna popular saga de vídeojuegos; todo en ella está más que visto, desde la manida historia a los diálogos absurdos, los personajes de cartón piedra o esa supuesta maravilla visual que permite el revolucionario rodaje en tres dimensiones, maravilla que Orson Welles y Greg Toland ya llevaron a su máxima expresión setenta años atrás y que se llama profundidad de campo.

Claro que el contrario tampoco es que fuese Muhammad Alí en su mejor época. Con su aire desmitificador y antibelicista, Kathryn Bigelow se la ha colado al público supuestamente más intelectual y comprometido con una película, En tierra hostil, en la que los soldados estadounidenses destinados en Irak se mueven con más soltura que los mozalbetes del Séptimo de Caballería en cualquiera de aquellas cintas de la trilogía militarista de John Ford. Se saltan los protocolos en los operativos como si nada, entran y salen de la base como Pedro por su casa, y pasan como de la lluvia de sus compañeros cuando a alguno le da por intentar poner orden. Total, si después llegan los superiores y en lugar de meterles un paquete les dan la enhorabuena con cara de bobos… Y es que, si Avatar resulta simplona hasta el insulto, En tierra hostil se queda más bien cortita a la hora de hacer ver al espectador quiénes son esos soldados, dónde están y por qué razón. Que se mueven por Irak queda más o menos claro, pero no concuerda demasiado la época en la que dicen estar con la realidad que refleja la cinta. No es de extrañar por tanto que muchos militares se hayan quejado del trabajo de la Bigelow. Seis premios para una cinta con tantas inexactitudes técnicas e históricas parece excesivo.

Aunque puestos a elegir, desde luego, mucho mejor premiar el trabajo de la ex de Cameron que el del que fuera su esposo, aunque resulta desconcertante que precisamente este año hayan ampliado a diez las obras candidatas a mejor película y haya quedado todo en ese anunciado mano a mano, concurriendo como lo hacían trabajos de mucho mayor interés y calidad en todos los sentidos, como Malditos bastardos, Precious o Up in the Air.

Tal vez por eso la mayor ovación de la noche fue para respaldar una de las estatuillas más justas, la que se llevó a casa el veterano Jeff Bridges por su papel de cantante country alcohólico en Corazón rebelde. Hora era ya de que sus colegas de profesión reconocieran el gran talento de este actor, uno de los mejores de su generación, al que siempre le ha ocurrido como a otros grandes: sus trabajos suelen ser tan buenos que la gente ni se da cuenta. Es como aquella historia de los monos de 2001. Una odisea del espacio, que los académicos pensaban que eran simios auténticos y por eso no es que no le dieran el Oscar al mejor maquillaje, es que ni siquiera la nominaron. (Claro que ya se sabe cómo son estos académicos: este año, sin ir más lejos, han nominado a —la excelente— Il divo al mejor maquillaje pero ignoraron en este apartado nada menos que Avatar. Igual pensaron que todos los bichos azules estaban generados por ordenador, y seguro que no, que alguno habría que fuera un actor de carne y hueso maquillado.)

Volviendo a Bridges, su padre, Lloyd Bridges, aquel rubiales que dejaba a Gary Cooper más Sólo ante el peligro que ningún otro vecino del pueblo, lo pasó muy mal tras ser condenado por el MacCarthismo, y cuando logró salir del pozo de la serie B, quedó encasillado para siempre como secundario de comedias. Tal vez por eso, Bridges ha sabido fajarse bien, como aquel joven boxeador que interpretara a las órdenes de John Huston, y se ha movido con soltura por géneros que van de la comedia al drama, y del musical al thriller. Para los adolescentes de los setenta será siempre aquel muchacho atrapado en un pueblo del medio oeste que sufría un gatillazo con Cybill Shepherd en La última película, maravilla de Peter Bogdanovich. Casi treinta años después, los hermanos Cohen lo reciclaron como nuevo icono generacional para los hijos de aquéllos en el papel protagonista de El gran Lebowski.

Que su personaje de Bad Blake en Corazón rebelde no sea nada original no es impedimento para que su interpretación sí resulte notable; después de todo, qué sería de Hollywood sin esos legendarios perdedores que pululan de vez en cuando por la gran pantalla destilando esencia cinematográfica. Al fin y al cabo, quedan ya pocas cosas originales por contar. La diferencia está en hacerlo con talento y sensibilidad o redundando en lo mismo sin mayor gracia.

Pero si el reconocimiento a Bridges fue aceptado sin debate, el Oscar que sí ha despertado algunos recelos ha sido el recogido por Sandra Bullock. Después de todo, como alguien ha escrito, “¿redime una película buena de veinte comedias románticas infumables?”. En esto de los Oscars deberían poner una especie de control para que no se den situaciones como las de Eddie Murphy, para quien muchos clamaban por el reconocimiento tras su papel en Dreamgirl, y una vez obtenido, no ha hecho el menor esfuerzo por mantener el nivel, lanzándose de nuevo a protagonizar comedias insustanciales hechas a medida, tan flojas, que algunas ni siquiera han llegado a las pantallas europeas. Así que si la Bullock recibe los honores por su papel en The Blind Side, tal vez debería aplicarse un poco para intentar no perpetrar cintas como Loca obsesión, por la que días antes de agarrar el Oscar, recibía el Razzie a la peor actriz del pasado año.

Una pena que Javier Recio regresara sin su trofeo por La dama y la muerte, aunque aquella lágrima se enjugaba con el triunfo de Campanella y su magnífica El secreto de sus ojos, que lograba ganar así una batalla que algunos creían imposible frente a La cinta blanca, de Michael Haneke, mucho más artificial y gélida que la maravilla de factura argentina. La entrega de este Oscar propició un encuentro de lo más peculiar, cuando Pedro Almodóvar y Quentin Tarantino se encontraron en el escenario para leer el nombre del ganador. Los dos bromearon sobre el respeto mutuo que se profesaban, y más de uno debió sonreír con delicia al imaginar cómo sería una película rodada mano a mano por ambos genios.

Y como no hay gala de los oscars sin su polémica, la de este año ha estado protagonizada por el inexplicable desplante a uno de los rostros —y cuerpos— más populares de la televisión de los años setenta, Farrah Fawcett. La que fuera el más esplendoroso ángel de Charlie, falleció de cáncer en 2009. Sin embargo, en el montaje habitual con el que la Academia recuerda a los compañeros desaparecidos, la actriz no encontró hueco. La excusa ofrecida por uno de los portavoces de la institución —“Todos los años ocurre esta desafortunada realidad de no poder incluir a todo el mundo”— pierde fuerza al pensar que sí tuvieron cabida profesionales mucho menos conocidos (desde actores de serie B a guionistas italianos de los años sesenta o algún productor británico) o personajes tan ajenos al mundo del cine como Michael Jackson.

En el apartado musical, Up y Corazón rebelde se alzaban con los premios a la mejor banda sonora y mejor canción respectivamente, destacando ese brillante tema compuesto por Ryan Bingham, ‘The Weary Kind’, para redimir al personaje de Jeff Bridges. Para la cinta de la factoría Pixar/Disney iba también la estatuilla a mejor película de animación, aunque los especialistas en la materia no parecían a priori demasiado entusiastas con esta nueva obra, a la que tildaban de volver a ser más de lo mismo.

En definitiva, unos premios decepcionantes en su entrega casi tanto como en las obras escogidas. Pero es más preocupante el primer que el segundo aspecto. Los académicos tienen sus años buenos y sus años más flojos, en los que parece que les da pereza esforzarse para rebuscar entre el material disponible. Sin embargo, si los directivos televisivos siguen encorsetando tanto la gala de entrega, restándole de tal matera el calor humano, habrá que acabar hablando de “la gestión de entrega del Oscar”, más que de la fiesta o ceremonia.

Esta tarde vamos de bautizo (literario)

March 2nd, 2010

Así es. Preparando estoy ya los puros y la levita, que esta tarde hago las veces, además, de orgulloso padrino de la criatura. ¿Que cuál es su gracia? Ni más ni menos que Hijos de Heracles, nombre altanero y con raigambre, como no podía ser de otro modo teniendo un padre como Teo Palacios.

Mi buen amigo y colega tuvo a bien invitarme a estar sentado junto a él esta tarde en la presentación en sociedad de su primera novela, que es también su primer éxito, pues con apenas unas semanas a la venta ya ocupa puestos destacados en las listas más exigentes.

Anoche terminé de leer la novela por segunda vez (la primera fue hace ya mucho, mucho tiempo, antes si quiera de que el texto tuviese el aspecto lozano que ahora luce), y no me decepcionó en absoluto. Claro que yo jugaba con ventaja. Porque he ido teniendo noticias puntuales de su pormenorizada creación, de la abundante documentación que le ha dado base firme, de las numerosas revisiones que han cimentado su estilo ágil y seductor… Consciente de esto, tenía claro que nada malo podía surgir de ese proceso. Más bien al contrario, la obra obtenida es de lo más recomendable, de las que se leen de una vez y te dejan con ganas de más. Y engancharme a mí con una novela donde salen señores con falditas, yelmos y lanzas, es mucho conseguir, pues nunca fui simpatizante de Víctor Mature y Steve Reeves.

Esta tarde, a las 19.00 h, estaremos en Fnac Sevilla para investir de oficialidad el lanzamiento de Hijos de Heracles, una novela histórica que hace sobrado honor a ambos calificativos: una excelente trama narrativa con una apabullante documentación expuesta sin abrumar a nadie.

Para los que no tengáis ocasión de pasaros por allí, os recomiendo que os deis una vuelta por la web del libro, en la que encontraréis abundante información y curiosidades sobre la obra. Para abrir boca, echadle un vistazo al trailer promocional.

De cómo entrevisté a las gafas de Elvis para la revista Esquire

February 28th, 2010

Hoy despedimos el mes de febrero, la tormenta perfecta ha pasado por el sur, por Sevilla al menos, sin dejarse notar, y hace un domingo tibio y gris, ideal para estar sentado junto a una ventana con un buen libro entre las manos. Y además, mañana es fiesta por aquí. Estupendo.

Total, que dándole vueltas a una posible entrada para el blog, parece que no estoy muy inspirado, por lo que he decidido echar mano a otros textos que escribí cuando sí andaba algo más creativo. Se trata de mis dos últimas colaboraciones para la revista Esquire, los pasados meses de enero y febrero. Tuvieron como protagonistas a sendos personajes por los que ya sabéis, los habituales de este rincón, que profeso una marcada simpatía: el director Sam Peckinpah y el universal Elvis Presley. (Sí, se que lo de universal suena raro, pero ¿cómo definimos a Elvis? Cantante, actor, salvador de almas, revolucionario musical…)

El texto referente a Peckinpah surgió con motivo de los 25 años de la muerte del realizador, y con él he querido rendirle merecido tributo a un personaje que considero clave en la historia del cine y, desde luego, fundamental en mi concepción del arte, más allá del formato. El título: Sam Peckinpah. A balazos con el sueño americano.

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El tema de Elvis es mucho más singular. Si el subdirector de Esquire ya me propuso algunos meses atrás realizar la entrevista más singular de mi carrera, nada menos que al difunto Dean Martin, en esta ocasión se superaba a sí mismo al retarme a que le sacase algunas respuestas a las gafas del Rey. Y nada de las gafas de sol, esas horteras y bien conocidas, sino las privadas, las de leer, las de andar por casa. Fue un desafío divertido y que, como ocurre con todo lo que atañe a Elvis Aaron, terminó resultando entrañable y emocionante.

Además, lo mejor es que la singular entrevista acabó convirtiéndose en la portada del número de Esquire de este extinto mes de febrero. Todo un honor.

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Taller de poesía rock (Algo más que una bonita rima)

February 23rd, 2010

¡Cuántas veces no hemos escuchado o tarareado una canción sin tener la más mínima idea de lo que dice la letra! Y no me refiero sólo a una cuestión idiomática. Hay canciones en castellano que requieren cierta atención, un poco de esfuerzo, que muchas veces no le dedicamos; ni más ni menos que el que le dedicaríamos a una obra pictórica (si no lo hacemos con ninguna, ése ya es otro problema). Escuchar una canción sin atender a la letra es como ver una película sin sonido, o escucharla con la pantalla en negro. Y es que en España, las canciones siguen siendo eso, “vulgar” música, entretenimiento popular, relleno para Los 40 principales y ganchos para que la gente recuerde los anuncios de telefonía móvil.

Las canciones con mensaje parecen cosa de antaño, de aquellos cantautores protesta de los setenta. Y qué va, ni de lejos.  Que no es lo mismo canción protesta que canción con algo que decir. Y se pueden decir tantas cosas con una canción, se pueden aprender tantas escuchándolas. Pensad en algunas de las canciones cuyas melodías os hacen estremecer pero no sabéis bien de va. Estoy seguro de que, si lo supierais, la experiencia alcanzaría una mayor plenitud.

En países tan variopintos como Estados Unidos, Alemania o Rusia, la obra de autores como Bob Dylan, Leonard Cohen o Paul Simon se estudia en las aulas como aquí se hace con Machado. De hecho, atendiendo a las definiciones de la RAE, es difícil comprender por qué las letras de las canciones no son consideradas un género literario más, como la narrativa, la poesía, el ensayo o el teatro, pues al fin y al cabo, se trata de un “arte que emplea como medio de expresión la lengua” (que es como se define la Literatura), aunque completado con acompañamiento musical.

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Sobre todo esto hablaremos desde mañana, cada miércoles durante las próximas semanas (del 24 de febrero al 28 de abril), en los encuentros de Poesía rock que  Taller de Palabras organiza en la Biblioteca Infanta Elena de Sevilla. Analizaremos la trayectoria y las obras más interesantes de cinco autores anglosajones y cinco españoles. Y que nadie se enfade por la ausencia de éste o aquél, pues la lista no se ha elaborado atendiendo a que éstos fueran los mejores, sino a que sus trabajos resulten interesantes e ilustrativos para los encuentros. Ojalá en breve podamos trabajar con muchos más. Pero de momento, las alineaciones son las que siguen: Bob Dylan, Leonard Cohen, Bruce Springsteen, Paul Simon y Kris Kristofferson, por parte del equipo visitante; Javier Krahe, Joan Manuel Serrat, Luis Eduardo Aute, Joaquín Sabina y Raimon, que juegan en casa.

María José Barrios y un servidor dirigiremos el taller con la esperanza de que los encuentros terminen convirtiéndose en un ameno foro de debate e intercambio de opiniones, teniendo como objeto la maravillosa experiencia que supone disfrutar, en toda su plenitud, de una buena canción.

Como muestra, traigo aquí un tema de Paul Simon, American Tune, incluido en su segundo disco en solitario, que siempre me ha parecido lleno de matices interesante. Se trata de una composición que toma como base musical una coral de Bach extraída de La paión según San Mateo, para crear una dura pero esperanzadora reflexión sobre Estados Unidos, justamente en el bicentenario de la nación.

Una melodía americana

Muchas veces he estado equivocado
y otras muchas confundido,
sí, y a menudo me he sentido abandonado
y desde luego han abusado de mí,
pero estoy bien, estoy perfectamente bien.
Sólo tengo los huesos un poco cansados.
Aún así uno no espera poder estar
alegre y ser un bon vivant
tan lejos de casa, tan lejos de casa.

No conozco ningún espíritu que no haya sido abatido,
no tengo ningún amigo que sienta en paz,
no conozco ningún sueño que no haya sido hecho añicos
o que no haya sido sojuzgado.
Pero todo va bien, todo va bien,
hemos vivido tan bien tanto tiempo
que cuando pienso en el camino
que llevamos recorrido
me pregunto en qué nos equivocamos.
No puedo evitarlo, me pregunto en qué nos equivocamos.

Soñé que estaba muriéndome.
Y soñé que mi alma se elevaba inesperadamente
y se volvía para mirarme,
sonriendo tranquilizadoramente.
Y soñé que echaba a volar
y que desde lo más alto mis ojos pudieron contemplar con toda claridad
a la Estátua de la Libertad
alejarse navegando hacia altamar.
Y soñé que estaba volando.

Llegamos aquí en el navío al que pusieron por nombre el Mayflower,
estuvimos en la nave que surcó la luna,
entramos en el momento más incierto de nuestra época
y cantamos una melodía americana,
pero todo va bien, todo va bien.
No se puede ser eternamente afortunado.
Mañana será otro día de trabajo
y voy a intentar descansar un poco.
Lo único que intento es conseguir un poco de paz.

Un presidente en estado puro

February 18th, 2010

“Verba volant, escripta manent”, es una de las primeras -de las pocas- cosas que enseñan en la carrera de Periodismo, “las palabras vuelan, lo escrito permanece”. Aquí no hay palabras, pero sí imágenes, que dice el refranero que valen como mil de aquéllas. Una imagen sin resquicio de duda, sin lugar a debate, sin posibilidad de argumentación. Porque cuando se traspasa una línea, ya no hay razón que valga.

Ojo, que yo no vengo a criticar o defender al sujeto de la foto en comparación con otro de un partido amigo o contrario. Él solito se ha metido en el huerto, sin ayuda. La razón de traer esta imagen al blog es para subrayar la vergüenza, consternación, sobrecogimiento, sonrojo, pudor… aunque para nada el desengaño o decepción, provocados por la reacción que captó el objetivo de la cámara.

Un señor -ejem- que ha sido presidente del Gobierno no puede, bajo ninguna circunstancia, responder así ante ninguna situación. Un grupo de jóvenes lo estaba increpando, insultando. Mal por ellos, fatal, terrible. Pero amigo, rebajarse de tal modo en la respuesta no dice nada del afectado; mejor dicho, revela mucho de su calaña.

“Por la fuerza venceréis, pero no convenceréis”. Es otra frase del pasado, no tan lejano como el mundo griego, por desgracia. Pero se ve que muchos siguen dando la espalda a la historia y rechazando la palabra (o el silencio, siempre inteligente y elegante), en favor de la acción, en cualquiera de sus formas. No me extraña que les provoque urticaria cuando escuchan hablar de recuperar el pasado.

Palabras que nos hacen estremecer

February 16th, 2010

El último jueves de abril de 1977, cansadas de hacer largas colas para averiguar el destino de sus hijos desaparecidos y escuchar comentarios burlones, cientos de madres argentinas decidieron reunirse en la Plaza de Mayo y hacer patente su dolor y consternación a las puertas mismas del poder. Nacía de este modo un símbolo de lucha y resistencia, el de esas mujeres que se rebelaban por saber la verdad sobre sus hijos también rebeldes; como seña de identidad, un pañuelo blanco en la cabeza.

Madres de la Plaza de Mayo

Treinta años después, como tributo al coraje y la valentía con la que han seguido plantando cara a las muchas -y son muchas- vergüenzas cometidas por el ser humano contra sus iguales, Emilio Cartoy Díaz dirigió un emocionante documental en el que decenas de artistas ponían su voz y su palabra al servicio de esa causa.

Poesía y música como homenaje a tantos años de compromiso de las Madres de Plaza de Mayo contra los autoritarismos, en defensa de los derechos del hombre. Actores, escritores y músicos que acompañan, con  breves pinceladas de maestría, las imágenes de la incansable lucha que no acaba, desde aquellas primeras vueltas a la plaza hasta las últimas acciones, llegando a descubrir a los responsables del genocidio argentino en sus propios hogares.

Junto a numerosos artistas argentinos, la lista de participantes internacionales en ese documental es bastante amplia, e incluye a Nuria Espert, José Saramago, Jorge Drexler, Bono (U2), Martin Sheen, Antonio Skármeta, Jesús Quintero, Antonio Gala, Eusebio Poncela, Vittorio Gasman o Sting, entre otros muchos.

En este canal de Youtube se pueden disfrutar la mayoría de esas colaboraciones, publicadas por la propia productora, aunque yo voy a quedarme especialmente con tres. Tres poemas recitados por tres grandes actores y que, tras descubrir ayer sus vídeos, son el motivo de que haya querido preparar hoy esta entrada.

¡Qué poco valor le damos al poder de la palabra! Y no hablo del poder para engañar, para robar, hacer sufrir, para enfrentar. Hablo de la capacidad de un hombre para emocionarnos con tan sólo su voz y su sentimiento. A veces el sentimiento, el texto, es de otro hombre, pero no importa, porque cuando la sensibilidad es común, el mensaje es compartido. Lo que uno ya ha dicho, si bien dicho está, ¿para qué intentar redefinirlo? Se repite tal cual y listo. ¡Qué grandes las palabras y los que tienen la inmensa virtud de recitarlas de manera tan visceral que nos hacen estremecer!

¿Un ejemplo? Aquí dejo tres.

Héctor Alterio recita ¿Por qué habla tan alto el español?, de León Felipe.

Eduardo Blanco recita Me sirve y no me sirve, de Mario Benedetti.

Eusebio Poncela recita No te salves, de Mario Benedetti.

Los renegados del country

February 12th, 2010

El inminente estreno de la película Corazón rebelde, de la que hablaba largo y tendido hace algunos días, pone de actualidad el movimiento de música country “outlaw”. Para explicar un poco quiénes eran aquellos rebeldes musicales, sus orígenes y folosofía, preparé un amplio informe que se publicó hace un par de días en la revista digital Efe Eme. Reproduzco  a continuación una parte del mismo, eliminando las referencias a la película en cuestión, por aquello de no repetirme, aunque os aconsejo que no dejéis de pasaros por la web de Efe Eme para echarle un vistazo al artículo completo y sus muchos otros contenidos.

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El “outlaw” (literalmente “fuera de la ley”; rebelde, renegado, proscrito) ha sido uno de los movimientos más interesantes de la historia de la música country. Tiene sus raíces en los años setenta, cuando toda una nueva hornada de artistas y algún veterano reaccionaron contra la encorsetada y corrupta evolución que estaba protagonizando ese género musical.

La década de los cincuenta había supuesto una importante popularización de la música country de la mano del rockabilly, ese country ágil, salvaje y juvenil, desarrollado por artistas como Johnny Cash, Marty Robbins, George Jones, Carl Perkins o el propio Elvis Presely. Con los sesenta, sin embargo, el panorama cambió. Los grandes sellos contrataron a esas figuras prometedoras y se propusieron “domar” su talento poniendo al frente de cada disco a productores de prestigio, como Chet Atkins, Owen Bradley o Billy Sherrill, encargados de controlar cada aspecto creativo del proyecto, desde la selección de los músicos a la del repertorio. El artista sólo debía aportar su voz y su imagen, convenientemente refinada.

De este modo, el country fue suavizándose, y la instrumentación tosca y simple fue sustituida por orquestas con cuerdas y vientos. Las armonías vocales tradicionales o las voces puras se transformaron en coros ampulosos y arreglos detallistas, e incluso el atuendo o el acento característico de cada intérprete se cuidó y se adecuó para el fin perseguido por las multinacionales: sacar la música country de la Norteamérica rural y hacerla triunfar en las grandes ciudades. A esta nueva estética country, pulida e impecable, que ya venía desarrollándose desde los cincuenta, se la conocía como “sonido Nashville”, cuyo desarrollo extremo conduciría, ya en los setenta, a la aparición del country-pop o el countrypolitan, con figuras como Kenny Rogers, John Denver o Olivia Newton-John.

Es en ese contexto en el que hay observar la postura adoptada por una serie de cantantes (normalmente también autores) que van convertirse en molestos inquilinos de algunas discográficas. Ya en los sesenta, gente como Merle Haggard, Johnny Cash, Waylon Jennings o Johnny Paycheck fueron los primeros en no ahorrar quejas ni protestas para intentar conseguir mayor independencia a la hora de trabajar en sus discos. Ellos reaccionaron contra el “sonido Nasville” con el “sonido Bakersfield”, desarrollado en los bares honky tonk de esa localidad californiana.

Por su parte, las multinacionales no tenían la menor intención de dar su brazo a torcer, pues con la llegada de los setenta las cifras arrojaban una realidad incuestionable: los discos de country eran más populares que nunca, y eso debía ser gracias a las nuevas reglas impuestas. Pero precisamente en ese cambio de década, de los sesenta a los setenta, las modas y los gustos cambiaron radicalmente. La guerra de Vietnam, el fin del sueño hippie, los conflictos en las ciudades y la corrupción política hizo de aquella juventud americana una generación descreída y desilusionada, necesitada de una música auténtica y sin aditivos, con cuyo mensaje y postura pudieran identificarse.

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Para esa generación comenzaron a presentar sus temas gente como el citado Waylon Jennings y su mujer, Jesse Colter, Willie Nelson, Kris Kristofferson, Jerry Jeff Walker, Billy Joe Shaver o David Allan Coe. Las suyas eran unas canciones de marcado carácter social, que hablaban de la realidad de los setenta, ya fuese a nivel ideológico o sentimental. Eran, además, canciones que apostaban por recuperar el sonido y la estructura del country más tradicional, con una instrumentación más cercana en ocasiones al rock que a lo que se cocía en Nashville, adoptando al desaparecido Hank Williams como líder espiritual y principal inspiración.

Por otro lado, se trataba de unos artistas country que tenían poco que ver con sus predecesores en lo que a estilo de vida, de moda o incluso ideales poíticos se refería. La nueva generación estaba más próxima a los grandes del rock de los setenta que a las leyendas del country de la década anterior. Melenas, ropa hippie, alcohol, pastillas y guitarras eléctricas eran las señas de identidad del cantante country de la nueva corriente.

La apuesta estaba clara, y ante el empuje inevitable, las compañías comenzaron a ceder. Tal vez podría señalarse el debut de Kris Kristofferson, en 1969, como el primer álbum puro de la corriente outlaw, al que seguirían en 1973 los discos de Waylon Jennings “Lonesome”, “On’ry and Mean” y “Honky tonk heroes”, en los que este artista planteaba definitivamente un sonido más salvaje y crudo.

Aunque todos pusieron algo de su parte, es a Jennings a quien hay que reconocerle los mayores esfuerzos para que sus colegas de generación lograsen firmar los álbumes tal y como ellos deseaban. Cuentan que, ante la imposibilidad de hacer entrar en razón a los directivos de Nashville, Jennings cogió un avión y se presentó en Nueva York para sentarse cara a cara con los dueños de su multinacional, la RCA. Les expuso las razones por las que debían confiar en los nuevos talentos y darles libertad para escoger sus propios temas, para grabar con sus propios músicos. Solo así conseguirían dar cuerpo al tipo de discos que reclamaba el nuevo público. Y acertó de pleno.

Durante toda la década de los setenta, el movimiento outlaw vivió su edad de oro, alcanzando su momento más representativo con el lanzamiento, en 1976, de un disco que reunía a cuatro de sus grandes representantes : Willie Nelson, Tompall Glaser, Jessi Colter y Waylon Jennings. Su título, “Wanted! The Outlaws”, acabó dando nombre a la nueva corriente country.

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El álbum incluía temas en solitario de cada uno de los participantes así como algunos duetos, y entre las canciones seleccionadas cabe destacar ‘My heroes have always been cowboys’, ‘Honky tonk heroes’, ‘Suspicious minds’ o ‘Good hearted woman’, convertidos hoy en auténticos clásicos.

Aquel fue el primer trabajo de la historia de la música country en convertirse en disco de platino, lo que concedió carta blanca para que los protagonistas de la corriente outlaw desarrollasen a sus anchas su inquietudes artísticas (caso de Willie Nelson, que apostó por efectivas combinaciones de country, jazz y blues).

En esta nueva corriente, cuatro artistas destacaron sobre el resto, cada uno por méritos propios, lo que conllevó que acabaran siendo reconocidos comos los cuatro grandes del movimiento outlaw.

Jennings y Nelson fueron dos de ellos, formando un tándem tan efectivo que les llevó a grabar cuatro discos juntos entre 1978 y 1991. Ambos combinaban en sus trabajos composiciones propias con piezas de colegas como Shaver o Kristofferson, apostando por un sonido honky tonk que aunaba ritmos clásicos con instrumentación eléctrica.

Por su parte, Kris Kristofferson representó en los setenta el más claro triunfo del cantante-compositor sobre el productor estrella de los años sesenta. Sus canciones eran grabadas por los más diversos artistas, muchos de ellos más allá de las fronteras del country, como Frank Sinatra, Sammy Davis Jr., Janis Joplin o Elvis Presley. En sus discos, el protagonista absoluto era el artista en su papel de autor, más incluso que como intérprete, lo que entroncaba directamente con los días grandes de Hank Williams, cuando el vocalista country tenía algo que contar más allá de una historia al servicio de su voz.

Y a falta de Williams, fallecido en 1953, Johnny Cash se perfiló como su mejor heredero espiritual, y líder por tanto de este grupo extraoficial. Cash era el más veterano del movimiento outlaw, y como tal había vivido diversas etapas de la música country en las décadas anteriores. Sus problemas con las drogas y la ley, sus legendarios conciertos en las prisiones de San Quintin o Folsom así como el apoyo prestado en su programa televisivo a jóvenes talentos ajenos a la escena country, como Bob Dylan o Neil Diamond, fueron una clara inspiración para esos nuevos artistas de los setenta con quienes se acabaría identificando.

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El carácter de abanderados del movimiento outlaw de estos cuatro ‘renegados’ llegó a su culmen en 1985 cuando, ante la decadencia del género y de sus propias carreras, decidieron aunar esfuerzos en un álbum conjunto, “Highwayman”, producido por Chips Moman (la química entre los cuatro resultó tan evidente que incluso hicieron sus pinitos interpretativos con varios westerns para televisión). En 1990 lanzaron un segundo trabajo, “Highwayman 2″, aún firmado como “Jennings -Nelson – Cash – Kristofferson”, y no sería hasta la gira que iniciaron ese año cuando aquel supergrupo de la música country fue bautizado como The Highwaymen. Ya con ese nombre lanzaron en 1995 su tercera y última colaboración, “The road goes on forever”.

Una formación similar, con Billy Joe Shaver en lugar de Johnny Cash, coincidía por casualidad en un estudio de grabación poco después, resultando un delicioso álbum publicado en el año 2000 con el título “Honky Tonk Heroes”; el canto de cisne del movimiento outlaw original (aunque en la década siguiente aún se darían nuevas colaboraciones para discos –Nelson, Haggard y Ray Price– y directos –Kristofferson y Haggard).

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Jennings falleció en el año 2002, y Cash le siguió al año siguiente, junto a Johnny Paycheck. Nelson, Kristofferson, Shaver, Haggard o David Allan Coe siguen al pie del cañón, seguidos por artistas de generaciones posteriores que siguen cultivando la esencia del movimiento outlaw, como Robert Earl Keen Jr., Hank Williams III, Cory Morrow, Roger Creager, Jimmy Aldridge, Kevin Fowler, Wade Bowen o el propio Shooter Jennings, hijo de Waylon.

Interludio literario

February 11th, 2010

Dino

El gran valor de aquellos discos baratos

February 11th, 2010

En más de una ocasión algún amigo me ha preguntado que dónde había conocido yo a tal cantante o cómo me había dado por escuchar a tal otro. Está claro que el único sitio que no me ha inspirado nunca ha sido la radio. Siendo mi medio favorito para desarrollar mi profesión periodística, no me gusta nada para escuchar música. Ni los programas especializados ni mucho menos la radiofórmula. Sí, ya sé que es de pejigueras, pero es que no me gusta que nadie escoja por mí. Hago una excepción con un par de programa de jazz de Radio 3 y Canal Sur Radio, que me encantaban y con los que aprendí bastante.

Por lo demás, junto a consejos y recomendaciones de buenos amigos y familiares, creo que uno de los medios favoritos para descubrir gente eran los discos de saldo de los grandes almacenes. Hablo de ello en pasado, porque ya es difícil que alguno me sorprenda. Me refiero a una época especial, ésa en la que descubrimos tantas cosas, y la sensación es maravillosa. Hablo de cuando rondaba los quince años, y mi pasión incontrolable por el cine comenzaba a dejar hueco a una incipiente melomanía.

En aquellos días -dijo el abuelo Cebolleta- sabía bastante poco sobre música y tenía aún menos dinero en el bolsillo, así que la mejor opción eran los The best of…, que es el tipo de disco que suelen abundar en los cajones de saldos y rebajas, editados además por unos sellos que vete tú ahora a buscarlos. Lo mejor de tal artista, lo mejor de tal género, lo mejor de tal época. Pero el placer no estaba en comprar un disco, escucharlo y pasar a otro. Lo que me fascinaba era descubrir a los artistas en cuestión. Recuerdo por ejemplo varias compilaciones de country y jazz, y alguna también de cantautores, con mucha morralla pero también algunas joyas ocultas.

Con ellos en las manos, y los dedos negros de buscar entre discos que poca gente revolvía, me iba a casa y me ponía a buscar esos nombres en robustos librotes tipo La enciclopedia del jazz, Grandes del blues, y títulos similares. Si escuchaba el disco en cuestión y el cantante me convencía, me iba al tochaco y trataba de encontrar algo de información sobre él. Y lo mejor era cuando éste artista te llevaba a otro, y éste a otro…

A veces había bastantes datos, una larga biografía y una discografía seleccionada, porque resultaba que el sujeto en cuestión, un tal Dizzy Gillespie, o George Jones, o Johnny Cash, o Jonny Hodges, era un fenómeno en su materia. Pero otras me llevaba un chasco al comprobar que no había nada que rascar.

Los más frustrantes eran algunos conciertos de big bands de jazz a base de solistas estrella, muchos de ellos no lo suficientemente brillantes como aparecer en mis selectivos libros de consulta. ¡Vaya por Dios! Por suerte, con el paso de los años, he podido ir conociendo más sobre esos músicos, que me siguen haciendo disfrutar con otras muchas grabaciones.

Todo esto puede sonar bastante antediluviano, eso de buscar recopilatorios variados para conocer gente y buscar información sobre ellos en los libros, pero hablamos del año 1993 ó 94, cuando sólo en algún número perdido de la revista Muy Interesante se hablaba de internet, o presumía de ello algún amigo enterao del barrio.

Pues oye, como todo, tiene su encanto. También es más cómodo y rápido viajar en coche que en caballo, digo yo, pero lo de la jaca, dicen los que aún lo practican, tiene su punto. Será que, como siempre me han gustado los westerns, pues quedaría en mí la semilla de lo del self-made man, y por eso me ha gustado desde siempre eso de ir buscando información sobre tal o cual artista y poder así profundizar sobre su obra.

Y la verdad es que en aquellos cajones repletos de discos a trescientas, quinientas y mil pesetas, encontrabas algunas rarezas bastante curiosonas. Tenías que rebuscar mucho para dar con ellas, claro.

Yo solía ir con mi compañero de batalla habitual, mi inseparable sargento Flanagan: mi buen amigo Pablo Lozano. El pobre tenía mucha paciencia y no se desesperaba demasiado. Antes, ya nos habíamos dado nuestro garbeo por la zona de películas para pillar juntos algunos vhs haciendo algunas combinaciones en épocas de rebajas que ríete tú de las operaciones de bolsa; unos maestros estábamos hechos para amortizar las pelas y llevarnos la mayor cantidad posible de cine. Lo de la música, sin embargo, le iba menos. Él era más de radio.

Pero ahí estaba, aguantando el tipo junto al pesado de su amigo en busca de algo que valiese la pena. Recuerdo que los mejores eran los directos piratas que movía un sello italiano -cachis, no me acuerdo del nombre-, que literalmente plantaba un sello tipo tampón en la contra del cd. De esa casa conseguí varios conciertos de jazz absolutamente fascinantes, así como la actuación completa de Simon & Garfunkel en el Festival de Monterrey (aunque esto fue algunos años después), con el que casi hice palmas con las orejas. De este sello fue también el primer disco que compré del Rat Pack, un peculiar trío del que conocía a Frank Sinatra y al compañero de pantalla de Jerry Lewis, un tal Dean Martin. Al llegar a casa, mi padre me dijo que el tal Martin era un borrachín de tomo y lomo, pero que el tercero, un negro llamado Sammy Davis Jr, cantaba de categoría. Pues estupenda compra. ¿Qué sería lo que me llevó a comprar aquel disco donde aparecían tres viejetes vistiendo esmoquin? Imposible imaginar que doce o trece años después acabaría escribiendo un libro sobre ellos.

Hoy, con las regulaciones imperantes desde hace años –hay que recordar que en 1993, los casetes y vinilos aún le mantenían la batalla al cd-, ya es bastante complicado encontrar cds de sellos fantasmas con material que te sorprenda. De hecho, también aquellas compilaciones me enseñaron a comprar, a saber a qué detalles e información debía atender para no llevarme una desilusión al escuchar el disco y encontrarme con lo que ya tengo, con un falso directo o cosas así.

¿A cuento de qué toda esta perorata? Pues no sé. Venía de camino al trabajo escuchando uno de aquellos discos. Éste, de hecho, no era nada chusquero. Era una producción de la MCA editada en 1994 y que en España pasó con más pena que gloria, por lo que acabó relegado a los saldos rápidamente. Ellos se lo pierden, porque es una verdadera maravilla. Rhythm, Country & Blues, se llama este disco, producido por Don Was, y que ofrece duetos mágicos entre grandes voces de ambos géneros, como Vince Gill y Gladys Knight, Al Green y Lyle Lovett, Little Richard y Tanya Tucker, Sam Moore y Conway Twitty, o George Jones junto a B.B. King. Una gozada, de verdad.

Lo de los vinilos y la búsqueda exhaustiva de directos pirata vendría luego, una vez descubierto el placer de la “caza”, de buscar y rebuscar entre cientos de elepés para dar con alguna maravilla -coleccionista o sentimental- y llevártela a casa para limpiarla, y escucharla como si fuera el canto de un ángel.

Algún día le dedicaré unas líneas a esas ferias de coleccionismo y discos de segunda mano, donde conocí a buenos amigos, descubrí a músicos sin los que ya no podría pasar y donde Sempi me hizo el regalo de cumpleaños que más me ha sorprendido en mis 31 tacos.

Y no, no fue allí donde me dijo “sí”.

Tema final del citado disco, Rhythm, Country & Blues, a cargo de George Jones y B.B. King: ‘Patches’.

Sonrisas amargas en Camelot (Marilyn, los Kennedy y el Rat Pack)

February 8th, 2010

La presidencia de John Fitzgerald Kennedy, del 20 de enero de 1961 al 22 de noviembre de 1963, fue una de las más singulares que ha tenido Estados Unidos. Su mandato fue un claro reflejo de la vida del país. Un marido y padre de familia ideal, apuesto y moderno, con aspecto de estrella de cine, amistades a la altura y un férreo compromiso social con la situación de la población negra. Pero al mismo tiempo, ocultaba una cara menos agradable, marcada por el consumo de alcohol y drogas, y sobre todo, por un insaciable apetito sexual más allá del más mínimo sentimiento hacia sus parejas, incluida su mujer.

Durante el mandato de JFK, la Casa Blanca fue escenario de algunos de los episodios más loables de su historia, tanto en la esfera política político como en la privada, pero también de los más vergonzosos. ¿Alguien se imagina que el presidente del país más poderoso del mundo estudió asesinar a Fidel Castro a través del mafioso Sam Giancana, empleando para intercambiar sus mensajes a una amante que ambos compartían, la joven Judith Campbell?

Kennedy y Sinatra

Sinatra y Kennedy ante la entrada del Hotel Sands, en Las Vegas,donde el cantante organziaba fiestas privadas para el entonces senador.

La prensa se refería a toda la camarilla que rodeaba al presidente Kennedy con el nombre del reino del artúrico, Camelot. Nunca había existido hasta el momento un líder con tanto magnetismo, pero al mismo tiempo, con un lado oculto tan oscuro. Y a su alrededor estaban el hermano justiciero (Robert), el amigo cantante poderoso (Sinatra), el mafioso allegado (Giancana) y la mujer más deseada del país.

El 2 de mayo de 1972 fallecía J. Edgar Hoover, fundador y director de la Oficina Federal de Investigación, el temido FBI. Cuando llegó el momento de vaciar su casa, pocos podrían adivinar que allí encontrarían tantos documentos comprometedores de muchas personalidades objeto de su amplia red de espionaje. Buena parte de aquel material fue requisado y archivado, pero otra parte se perdió, traspapelada entre recuerdos personales. Poco después de esa “limpieza”, un vecino de Hoover encontró junto a la basura una curiosa instantánea, una Polaroid que mostraba al presidente Kennedy y a la actriz Marilyn Monroe compartiendo sonrientes una bañera llena de espuma.

Kennedy y Marilyn

La actriz y el Presidente, en la intimidad.

Esa foto es una de las pocas pruebas que existen de una relación de la que, sin embargo, no cabe duda alguna. El presidente y la estrella, Kennedy y Marilyn. Fue un secreto a gritos que llevó a situación tan incómodas como la ausencia de Jacqueline Kennedy, la primera dama, en la multitudinaria celebración del 45 cumpleaños de su marido, en el Madison Square Garden, pues no estaba dispuesta a ser humillada ante 15.000 espectadores, cuando la actriz saliese a cantarle el cumpleaños feliz.

Kennedy estaba tan obsesionado con ella en esos momentos que envió a su cuñado, el también actor Peter Lawford, para que la recogiera en helicóptero del rodaje de la película que dejaría incompleta, Something’s got to give. Cuando la productora le denegó el permiso, el mismísimo Robert Kennedy telefoneó para solventar todos los problemas.

Jack Pack

Peter Lawford, Sammy Davis Jr., Joey Bishop, Frank Sinatra y Dean Martin: el Rat Pack, reconvertido en el “Jack Pack”, los nuevos amigos del Presidente.

Éstas son algunas de las muchas historias que relata el periodista francés François Forestier en el libro Marilyn y JFK (Aguilar). Veterano de Le Nouvel Observateur, Forestier ha comentado que su libro no es una obra periodística, ni un libro de historia, sino que sencillamente cuenta una historia. Aunque eso no es impedimento para que, en su elaboración, el autor haya revisado un amplio fondo documental, que va desde documentos desclasificados del FBI y la CIA, hasta entrevistas realizadas a testigos de algunos de los hechos que se narran, o la abundante bibliografía relacionada con el tema.

Ese trabajo de estudio le ha permitido, por ejemplo, recomponer la historia de la famosa Polaroid. Al parecer se tomó un domingo de diciembre de 1962 en casa de Peter Lawford. Éste era el enlace de Kennedy para todo lo que se refería a mujeres y diversión. Él le preparaba las escapadas con Frank Sinatra y del mismo modo arreglaba las citas con Marilyn o la chica que tocase. Y normalmente, la cita en cuestión tenía lugar en su casa en la playa, para evitar así miradas curiosas. Lo que no podía evitar Lawford, porque lo desconocía, era el férreo seguimiento del que era objeto, para tener así controlado a Kennedy, por parte de J. Edgar Hoover y sus chicos del FBI. No había ni un rincón de la casa libre de micrófonos.

Kennedy-Lawford-SinatraSinatra aceptó a Lawford en su círculo cuando éste se casó con la hermana de JFK. Aquí, ambos posan junto a otro de los Kennedy, Bobby, quien al declarar la guerra a la Mafia como Fiscal General firmó la sentencia de muerte de su hermano.

El libro de Forestier se lee casi como una novela, y sobre todo se lee de manera muy amena. La suya es una narración que se nutre de numerosas historias alrededor de las dos figures centrales, para dibujar así la compleja situación que vivían, como el continuo escrutinio del que era objeto Marilyn Monroe, espiada por la CIA, el FBI, la Mafia, su marido Joe DiMaggio… en definitiva, tanto amigos como enemigos de JFK.

En su retrato de estas dos figuras legendarias, Forestier no se deja influenciar por la leyenda ni por el aura de las estrellas. Por ello no tiene reparos en dibujar una Marilyn  desequilibrada, con adicción a las drogas y disfunciones sexuales. Kennedy no sale mal parado, al quedar como un niño mimado, completamente amoral y sin respeto por los sentimientos de cuantos lo rodean. Era un amante insaciable, que al parecer mantuvo relaciones con algunas de las más bellas actrices del momento, pero sufría eyaculación precoz. Desde el aborto de Jackie Kennedy que dejó indiferente a su marido, al consumo por parte de éste de LSD o la violación que Marilyn a manos del mafioso Sam Giancana son otros de los episodios que se relatan en la obra, en la que tampoco falta la gélida ruptura de la pareja. Cuando la inestabilidad de Marilyn se acentuó, JFK mandó a su hermano Bobby para que le dijese a la actriz que no quería volver a recibir una llamada suya. Según las crónicas de la época, y amigos de ambos personajes, Marilyn emprendió entonces un breve pero intenso romance con el Fiscal General. Una vez más, no faltaban brazos que quisieran consolar a la actriz, pero sólo hasta romper el alba.

Kennedys y Marilyn
Marilyn Monroe, entre los hermanos Kennedy.

Aunque la relación entre Marilyn Monroe y John Fitzgerald Kennedy había comenzado a mediados de los cincuenta, todo indica que no fue hasta que Frank Sinatra supo del interés del futuro presidente por la actriz cuando éstos, por mediación del cantante, tuvieron las cosas más fáciles. Sinatra Se encargó de mantener a distancia a sus sucesivos maridos de la actriz, así como de hacer viables los encuentros privados entre ellos, dos de los personajes más perseguidos por la prensa. De hecho,  la idea de que las citas tuvieran lugar en casa de Peter Lawford, casado con una hermana del presidente, fue cosa de Frank Sinatra. Lo que fuera por unos amigos

A comienzos de 1962 Marilyn contaba 35 años y Sinatra 46. La relación de amistad y sexo entre ambos se había mantenido tras el divorcio de DiMaggio y el posterior matrimonio con Arthur Miller, del que la actriz se separó en 1960. Sin embargo, en esa época Frank comenzó a sentirse cada vez más molesto durante sus encuentros con ella. Las depresiones y el consumo de pastillas por parte de la actriz hacían que el actor recordase viejos demonios que no quería revivir.

Aun así, la relación entre ambos fluctuaba. Había ocasiones en las que Sinatra no soportaba las salidas de tono de Marilyn, que alcanzaba un alto grado de embriaguez cuando la mayoría de los invitados de la fiesta saboreaban aún el primer cóctel. Pero, aunque molesto, Frank la cuidaba, y evitaba que la prensa pudiese tomar imágenes de ella en tal estado. De hecho, los hoteles de Las Vegas tenían orden de impedir a cualquier fotógrafo captar instantáneas de la actriz sin el consentimiento de ésta o de Sinatra. Cuando las cosas iban bien, su relación era genial. De hecho, se convirtieron en unos innovadores en materia sexual. Cuando se hospedaban en el Sands, Jack Entratter hacía circular un memorando en el que autorizaba a Frank a “recibir a invitados” en la azotea del edificio. Allí, al aire libre, la pareja hacía el amor a su antojo, algo que excitaba a la actriz especialmente. A cambio, ésta demostró a Frank que sus incipientes problemas de impotencia se debían al exceso de alcohol y a las largas jornadas de fiesta, y nada más.

Frank y MarilynFrank Sinatra y Marilyn Monroe en sus últimos días juntos, navegando en el barco del cantante.

Durante esos periodos de altibajos, Marilyn alternaba a Frank con el Presidente de los Estados Unidos. Mientras el primero representaba al amigo que la cuidaba y la aconsejaba, el segundo parecía ilustrar al hombre con el que a Marilyn le gustaría casarse. Pero al mismo tiempo, seguía enamorada de DiMaggio, sin duda, el hombre que había sido más bueno con ella de cuantos había conocido. Sin embargo, ninguno de los tres le correspondían. Todos la apreciaban, pero no la amaban; todos se interesaban por ella, pero no estaban interesados en ella. Cuando Norma Jean, la inocente joven de pueblo, se convirtió en la deseada estrella de cine Marilyn Monroe, creía que podría dejar atrás todos los complejos y traumas de su infancia y juventud, pero éstos no hicieron sino incrementarse. Ella sólo quería a un hombre bueno y firme a su lado, que la quisiese tanto como para cuidar de ella. Tal vez por eso se enamoró perdidamente de un ya anciano y enfermo Clark Gable, su compañero de reparto en Vidas rebeldes, de 1961 (que fallecía pocas semanas después de terminar el rodaje), y que cubría todas esas carencias en la vida de la desdichada artista.

JFK abandonó a Marilyn a comienzos de 1962, y poco después lo hacía Bobby. Y entre ambos, Sinatra anunciaba que iba a casarse con la joven actriz Juliet Prowse. La Monroe no necesitaba mucho más para hundirse en lo más profundo.

Sinatra se encontró con ella a mediados de aquel año. Tenía un aspecto lamentable. Volvía de México, donde le habían practicado un aborto. Los hermanos Kennedy, Sam Giancana o él mismo eran los hombres con más probabilidades de ser los responsables. Frank se la llevo al hotel-casino que había comprado en Nevada, el Cal-Neva, y la alojó en uno de los chalets más apartados, para que la actriz tuviese tranquilidad. Acababa de perder un papel de protagonista en otra película (Ella y sus maridos), planteada inicialmente con Sinatra como compañero de reparto. Éste barajaba financiar varios proyectos para ella, pero en ese momento, en su estado, Marilyn sólo podría protagonizar su propia tragedia. La preocupación de Frank por la actriz llegó al punto de que incluso se planteó seriamente casarse con ella, y acabar así con la peregrinación de hombres por su cama y de promesas por su corazón. “Nadie se meterá con ella si es la señora de Frank Sinatra”, comentó.

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Sam Momo Giancana, el mafioso que ayudó a entronar a Kennedy, hizo tratos con él y posteriormente participó en su asesinato.

Tras dos semanas en el Cal-Neva, donde fue visitada, entre otros, por Dean Martin, Sam Giancana y Joe DiMaggio, la actriz se marchó a su casa. Al parecer, estaba obsesionada con volver a hablar con John Kennedy, quien no respondía a sus llamadas telefónicas.

Cuando el 5 de agosto de ese año 62 encontraron el cuerpo sin vida de Marilyn Monroe, uno de los datos que más aireo la prensa fue el hecho de que tuviera puesto un disco de Frank Sinatra en su equipo de música. Fue un toque de hiel al dolor que Frank ya sentía por la muerte de su amiga. Lo lamentó profundamente. Pero además, le inquietó. La de Marilyn Monroe era una muerte anunciada. Sus habituales combinados de vodka y barbitúricos la convertían en una firme candidata a protagonizar un fatal desenlace en cualquier momento, pero tampoco había que pasar por alto los poderosos amantes que había tenido, de los que probablemente guardara secretos comprometedores. Una vez muerta, Marilyn fue objeto de tantas habladurías como lo fue en vida. Las circunstancias de su desaparición estarían destinadas a permanecer por siempre en el terreno de la especulación. No faltaban candidatos que, tras disfrutar de sus encantos quisieran quitársela de encima de manera definitiva. Claro que, de los enemigos más peligrosos de la inocente Norma Jean, fue probablemente la glamourosa Marilyn Monroe quien encabezaba la lista.

Aquélla fue la primera dramática muerte en Camelot. En apenas un año rodaría la cabeza del ‘rey’, y poco después la de su hermano. El nombre Giancana estuvo muy presente en todos aquellos casos. Un tipo interesante del que ya hablaremos otro día…

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